Henry George — El Economista para el Siglo XXI

por Dr. Héctor Raul Sandler, Director del Instituto de Capacitación Económica

Empecemos por decir que quien lea Progreso y Miseria, accederá al libro más actual y necesario para afrontar los problemas sociales de su país al comienzo del siglo XXI. Esto es así porque George analiza los fundamentos de un orden económico adecuado a la condición humana. Progreso y Miseria es mucho más que un tratado de economía. Si bien descubre las bases necesarias para una economía correcta, lo hace usando refinados conceptos sobre las relaciones del hombre con Dios, el derecho, la política y el orden social como su habitat.

La economía social es como el cimiento de un edificio. Los cimientos son la parte de la obra que nadie ve ni recuerda, pero de cuya constitución y conservación depende todo el resto de la construcción. La actividad económica no es la más excelsa que los hombres puedan cumplir. Su fin primordial es satisfacer las necesidades materiales del cuerpo. Pero cuando el orden económico falla por la mala constitución de alguno de sus fundamentos, todos los otros órdenes de vida humana – la religión, el arte, la ciencia, el derecho, la política y hasta las costumbres – se degradan. Una cultura sensualista desplaza al espíritu y tanto los individuos como la sociedad se deshumanizan.


¿Como puede decaer la civilización moderna?

Gran parte de los problemas sociales e individuales del mundo actual son atribuidos a los grandiosos cambios ocurridos en apenas cien años. ¿Cómo es posible entonces sostener que una obra escrita en 1879 pueda ser tenida como la más actual y necesaria para afrontar las urgentes reformas que demanda la sociedad humana del siglo XXI? Para comprenderlo es necesario dar un vistazo a la relación que, a partir del siglo XVIII, se ha producido entre lo que algunos hombres piensan sobre la sociedad y la forma en que ella efectivamente se organiza.

No se fuerza demasiado la historia contemporánea si se dice que la concepción de Adam Smith, (Riqueza de las Naciones, 1776), iluminó el quehacer de los gobiernos de Occidente durante el siglo XIX (entendido como el que corre desde 1815 a 1914). Progreso y Miseria vio la luz un siglo después (1879). De no haber mediado la necedad de la clase dirigente que llevó a la primera guerra mundial (1914-1918), debió haber sido la obra inspiradora de pueblos y gobiernos para rectificar las deformaciones del orden social llamado «capitalismo».

La economía de mercado practicada sin leyes que aseguren el acceso igualitario a la tierra para todos los hombres, con vida y por venir, y que dispongan que la renta del suelo es el primer recurso financiero de la economía pública, dio lugar a sociedades capitalistas de variada conformación, pero con rasgos similares. Emergieron monopolios y privilegios, se explotó a los trabajadores, se establecieron oligarquías políticas y, de modo principal, dominó la injusticia social.

Karl Marx (1818-1883) fue contemporáneo de George (1839-1897). Pero su experiencia vital fue europea, no americana. No vivió en una sociedad que fuera visible el alto impacto de las tierras libres en la configuración del orden social. Ni vivió en medio de la obscena especulación con el suelo, como lo viera George. Estas diversas experiencias explicarían sus diferentes diagnósticos sobre la raíz de los problemas sociales y sus distintos remedios.

Desde su perspectiva europea Marx forjó teorías explicativas de los problemas y sugirió remedios para eliminarlos. Su doctrina ejerció fuerte atractivo en intelectuales y la clase trabajadora europea a mediados del siglo XIX. Sin embargo, su influencia había cedido notablemente al filo del centenario. Fue la catástrofe de la guerra de 1914 la que abrió las puertas a la ola de revoluciones sociales que elevaron a primer plano al marxismo y generaron, como reacción, al fascismo y al nazismo. El socialismo marxista se convirtió en el evangelio laico de las revoluciones de la centuria. La violencia como método político se adueñó del escenario europeo y del mundo. En tales condiciones no es extraño que las ideas de Henry George, el filosofo social más leído en las décadas 1880-1910, dejaran de tener vigencia en la política y la academia.

Durante el siglo XX el orden económico social dejó de ser considerado un orden espontáneo. El Estado asumió la tarea de modelar a su capricho la economía, la pública y la social. En grado máximo, bajos los Estados fascistas, nazis y comunistas; pero también en los «capitalistas». Los enfrentamientos beligerantes obraron sus efectos sobre el pensamiento social. En principio, tras la derrota de los países del Eje, quedaron descalificados los modelos fascista y nacional-socialista. Pero terminada la guerra y hasta la década de los 1980, los EEUU y la URSS se enfrentaron en la guerra fría. Esta competencia política presentó ante los ojos de la gente la posibilidad de solo dos opciones de orden económico: el modelo capitalista y el comunista. Varias naciones trataron, y aun tratan, de configurar un «tercer modelo» a través de una «tercera vía». Sin éxito por no considerar las enseñanzas de Henry George.

En los umbrales del siglo XXI, el colapso de la Unión soviética generó la convicción – ciertamente errónea – que el «capitalismo» había acreditado, empíricamente, ser el único modelo posible. Bajo el impulso natural de establecer un orden económico mundial, alentado por el volátil capital financiero, se expandió la ideología denominada neoliberal. Esta política es adoptada por los gobiernos nacionales acuciados por la falta de recursos financieros, aconsejada por académicos de nota y exigida por los organismos internacionales de crédito, como el FMI.

Los efectos del pensamiento neoliberal son iguales a los del capitalismo, porque ambos aconsejan crear un sistema estrafalario. Un sistema en el que las actividades de producción y consumo, a cargo de los particulares, se ordene mediante mercados en libre concurrencia. Pero al mismo tiempo se tolera que algunos pocos puedan ser dueños de ilimitadas extensiones de tierra, con el agravante que ese derecho de propiedad incluye la facultad de adueñarse del creciente valor del suelo. Este premio a los dueños de la tierra tienen que pagarlo todos aquellos que trabajan e invierten capital. Por otra parte, al permitir la ley esta apropiación privada del crédito público (no otra cosa es el valor de la tierra), los gobiernos, carecen de recursos financieros legítimos. En consecuencia dictan leyes ilegitímas para cobrar impuestos. Estas leyes son inmorales porque confiscan (hacen público) lo que es propiedad exclusiva de los particulares: el fruto del trabajo y la inversión. Por lo tanto, los gobiernos en lugar de ser la solución pasan a ser parte del problema. Sosteniendo ese sistema achican el mercado interno, destruyen la actividad empresaria, endeudan al Estado hasta llevarlo a la bancarrota y dejan al país en la miseria o en la guerra civil.

Por causa de este inmoral sistema, millones de hombres deambulan en su respectiva patria en busca de «fuentes de trabajo», mientras gran parte de la única fuente de riqueza - su tierra - permanece apartada del proceso de producción. Otros millones, año tras año, emigran a naciones extranjeras. En algunos países latinoamericanos millones de familias forman la legión de «los sin tierra» (mientras su territorio está despoblado). Y en las más fastuosas ciudades, homeless (personas sin hogar) y niños sin familia, merodean por las calles, envidiando a los que al menos tienen un lugar en villas miseria, favelas o ciudades perdidas. Ante este panorama social contemporáneo y la supuesta falta de solución alternativa, conocer el pensamiento de Henry George, constituye el primer deber moral de toda persona bien intencionada.

Leer a Henry George es un deber de todo ciudadano que ame la democracia. Hay que rechazar categóricamente que la cuestión económica sea competencia de economistas, juristas o políticos. En primer lugar, porque la enseñanza oficial del derecho, la economía y demás ciencias sociales, ha sido organizada para sostener el actual sistema. Los graduados en las escuela de derecho, economía y ciencias políticas, sin conciencia clara de ello, procuran educarse para trabajar como «técnicos» del sistema imperante. Se requiere un esfuerzo espiritual para salir de esa servidumbre intelectual. Leer a Henry George, es el mejor tónico espiritual para quien desee encontrar fines más nobles a su profesión de jurista, economista o político.

Pero en segundo y principal lugar, Henry George escribió para ser entendido. Le repugnaba la oscuridad intelectual, con la cual muchos pasan por sabios. Para formar una buena sociedad es esencial que el individuo más simple conozca los fundamentos que exige una economía para que pueda vivir con holgura de su trabajo. Así como la democracia sería imposible si los ciudadanos ignoraran sus derechos y responsabilidades, del mismo modo una economía social de hombres libres, dispuestos a trabajar cooperativamente, animados por una justa distribución de la riqueza, es imposible si los ciudadanos ignoran los fundamentos de las leyes que deben construir ese singular orden económico. Henry George, con su lenguaje preciso, científico y absolutamente claro, pone ese conocimiento al alcance de cualquier ser humano, con tal que sepa leer. George es el pensador que necesitan conocer los que luchan por la democracia, la justicia social y la vigencia de los derechos humanos, no en el papel, sino en la vida diaria. El siglo XX, sobresalió por sus guerras, persecuciones y masacres. Esto ha sido muy doloroso. Sin embargo debe ser visto ahora, en retrospectiva, como una valiosa enseñanza sobre cosas que los hombres no deben hacer. Esta experiencia presenta la gran cuestión: ¿Cuáles deben ser los fundamentos de una economía para que sea base material de la libertad, la igualdad, la solidaridad, la democracia, los derechos humanos y la fraternidad universal? No es esta cuestión de técnicos. Es un asunto que involucra a cada hombre por entero y a todos los hombres en conjunto. Leer Progreso y Miseria es el modo de comenzar a saber cómo construir un mundo más noble. Para lograr un conocimiento sobre las bases materiales y morales de la sociedad, equivalente al alcanzado por la ciencia sobre la realidad natural. Así, por muchas razones y la fuerza de los acontecimientos, después de un largo camino, Henry George emerge hoy como el indispensable pensador que necesitan los jóvenes que forjarán la sociedad del siglo XXI.

Dr. Hector Raul Sandler es Profesor Consulto de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA, Buenos Aires. Entre sus libros se destacan: Expansión dinámica social, De la amnistía a la represión, Alquileres e inflación, El desafío argentino: eliminar los impuestos, y Impuestos — La lección del parquímetro. Es el Fundador y Director del Instituto de Capacitación Económica.

Revolver al Curso