Gaia y la Economía

por J. Soler Corrales

En el siglo VIII, el científico escocés James Hutton, padre de la Geología moderna, ya sostuvo que la Tierra era un superorganismo vivo, pero sus ideas fueron menospreciadas por la ciencia establecida del siglo XIX, excepto por el ruso Wladimir Vernadsky, que las aceptó.

En 1972, otro científico, el inglés James E. Lovelok, propuso que se considerase nuestro planeta, con su superficie de materia viva, como un organismo individual, completo y hermoso, al que dio el nombre de GAIA, el cual, abarcando desde los microorganismos hasta los océanos, la atmósfera y las selvas, constituye un ente singular en su evolución.

Esta teoría, hoy plenamente aceptada por gran número de científicos de diferentes especialidades, ofrece una nueva visión del Universo, incluyendo astros, sistemas solares y los diversos elementos que los pueblan, como partes esenciales para su autorregulación fisiológica y ecológica.

En efecto, la gran esfera que es la Tierra, si bien incandescente en su mayor parte, se halla cubierta por la Biosfera, un tejido vivo que comparte con los seres vivientes la capacidad de homeostasis, es decir, la facultad de guardar una temperatura suave mientras el Sol va aumentando sus radiaciones, y de mantener el océano y el aire en condiciones adecuadas para la vida cuando fuerzas químicas los llevan a un estado inhóspito y exánime.

También la Microbiología le aporta una de las más atractivas visiones. Para mantener la Tierra en las condiciones vitales son fundamentales los microorganismos, por su ubicuidad y rapidez de crecimiento y expansión. Ellos han sido los únicos protagonistas durante el 85 % de la historia del planeta y formaron los primeros sistemas en que los productos del metabolismo de unos organismos son los nutrientes de otros. Sin ellos, el caldo primigenio o alimento inicial, se habría agotado en unos 300 millones de años. Hay algunos mecanismos, como la fijación del nitrógeno atmosférico en forma de compuestos asimilables para los seres vivos, que son exclusivos de algunas bacterias. Así mismo se conoce el papel de control de las condiciones climáticas ejercido por algunas algas microscópicas unicelulares.

Este milagroso equilibrio se mantiene, simplemente, gracias a la vida y a sus mecanismos de regulación. La Tierra presenta, además, otras maravillas, como las propiedades "anormales" del agua, el mantenimiento de la tasa de sal y de elementos disueltos en el mar, el grado de acidez del suelo, etcétera. Sin olvidar que, desde la aparición de la vida, la Tierra no se ha congelado; incluso durante los períodos glaciales, su suelo ha conservado una temperatura media de entre 10 y 20 grados C. Ni tampoco se ha abrasado aun cuando su órbita ha registrado variaciones periódicas y que la energía del sol ha crecido un 25 %.

Todo pertenece a la Naturaleza, incluida la especie humana, pero ésta se distingue por su atroz situación, constantemente inmersa en guerras, hambrunas y gran número de otras desgracias que también afectan a los restantes animales, víctimas de la mala conducta humana. Esto podría hacer pensar que, para ella, no hay previsto ningún mecanismo de autorregulación. Es evidente que en el concierto universal, el hombre es un agente perturbador porque posee una singular facultad de discernimiento, pero poco desarrollada aún.

Como afirman los científicos del Proyecto Atapuerca, "el proceso de humanización no ha culminado todavía". De los miles de millones que poblamos el planeta, sólo unos cuantos habrán alcanzado la plena condición de humanos. Los restantes somos humanos, pero no del todo, y no comprendemos que la Madre Tierra, es decir, Gaia, es un macroorganismo del que formamos parte y al que pertenecemos.

Siglos de ignorancia y supersticiones nos hicieron creer que éramos los "reyes de la Creación", de la que, como propietarios, podíamos usar y abusar a nuestro antojo. Sólo ahora empezamos a vislumbrar que existen leyes naturales que tanto los individuos como la sociedad humana tienen que respetar y obedecer si no quieren enfermar y que el mundo se transforme en un infierno.

El creciente malestar social de ahora y todo el que se ha padecido a través de la historia tiene como causa principal la vulneración de las leyes naturales que rigen las cuestiones morales y, entre ellas, las de la verdadera Economía Política. Esta ciencia, basada en las mencionadas leyes, estudia la producción y distribución de la riqueza, permitiendo descubrir la causa de los males que afligen a la sociedad.

La paradoja de que los trabajadores suelen ser los que menos cosas tienen de las que el trabajo produce es consecuencia de que no perciban el salario que les corresponde. Pero, en lugar de explicarlo claramente así, la Economía Política empírica lo atribuye a una falsa "ley de bronce", según la cual los salarios tienden a bajar hasta el límite de subsistencia.

La verdadera es la ley de hierro de la renta, que explica que ésta tiende a subir, a expensas del trabajo y del capital, reduciéndolos hasta el límite de subsistencia. La gente desconoce esta ley, como también ignora los conceptos de capital y de renta, lo que hace que pueda caer en errores o ser engañada.

El capital consiste en herramientas, ganado, plantaciones, instalaciones, maquinaria, mercancías, etcétera, y es el factor auxiliar de la producción, sin el cual el trabajo, que es el factor activo, tendría una producción muy escasa o nula. De ahí el absurdo de confundir como capital a los empresarios, financieros o monopolistas.

La renta es la mayor riqueza que la población, con su presencia, da a la producción. Un igual trabajo y un igual capital, aplicados en un cultivo determinado, dará un igual fruto, pero si el campo se halla situado junto a una gran población, dicho fruto obtendrá un precio muy superior al obtenido en un campo lejano. La renta, capitalizada, es la que determina el valor de los terrenos; valor que sube naturalmente a medida que aumenta la población pero que lo hace abusivamente debido a la especulación, causante del excesivo precio de compra o de alquiler de las viviendas y de las coacciones a inquilinos pobres o ancianos para que marchen de donde habitan.

No se produce la autorregulación que la Naturaleza practica en otros ámbitos, pero se produciría si se respetase la ley natural que se resume diciendo "a cada cual lo suyo". Siendo la sociedad la que produce la renta, y no los propietarios de terrenos, es a la sociedad a quien corresponde. Y los gobernantes, en representación de la sociedad, deberían recaudarla y aplicarla para el pago del gasto público.

Que éste sería el sistema natural y lógico lo evidencia el hecho de que, mientras en el desierto no hay gasto público, ni los terrenos tienen valor, en pequeñas aldeas, el gasto público es reducido, como también el valor de los terrenos; pero a medida que las poblaciones crecen, suben dichos valores, y son enormes en las populosas urbes.

Dejando frívolamente la renta en poder de los propietarios de terrenos, se producen en cascada graves consecuencias. No disponiendo los gobiernos de los ingresos que de manera natural les corresponde, se ven obligados a sacar dinero de donde pueden y a establecer un gran número de arbitrarios impuestos, verdadero y absurdo robo legal que, además de violar el derecho de propiedad, dificulta y encarece la producción, única fuente de la riqueza de las naciones, y con ello empobrece a la población y al propio Estado, siendo la causa del cierre de empresas, paro obrero, de muchos otros problemas sociales y de malestar general.

Organizaciones No Gubernamentales y también Organismos oficiales presentan inútilmente sus protestas o sus propuestas en Seattle, Génova, Davos, Porto Alegre, Bombay, etcétera. Nada positivo podrán alcanzar si desconocen la profunda causa de las injusticias sociales que denuncian e intentan suprimir. Si ante todo no se lleva a cabo la indispensable Reforma Fiscal indicada, cualquier medida, por buena que sea, sólo servirá para beneficiar a quienes se quedan con la renta.

Ojalá sepamos aprovechar la lección de humildad que nos da Gaia y comprender que la especie humana no es más que una consecuencia de la Evolución. Si no queremos acabar como los dinosaurios, debemos respetar a Gaia y ser merecedores de seguir formando parte de ella. Sólo así protegeremos a nuestra especie y haremos posible una vida feliz para las futuras generaciones.

Barcelona, Agosto de 2004

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