Ante la Conquista del Espacio

por J. Soler Corrales

Un informe publicado por el Banco Mundial, en septiembre pasado, trata de los obstáculos al desarrollo económico y sostiene que reducir la burocracia y simplificar los impuestos estimularía en gran medida la actividad económica.

Un sabio jesuita de renombre universal, Ignacio Puig, director del célebre Observatorio de Física Cósmica, de San Miguel (Buenos Aires), en su libro titulado "Elementos de Cosmografía", publicado en 1942, (página 280), escribió: "... lejos nos hallamos todavía de realizar el más corto de los viajes extraterrestres, cual es el de la Tierra a la Luna; a lo sumo parece vislumbrarse la remota posibilidad de obtener alguna fotografía del hemisferio lunar opuesto a la Tierra. Sin embargo, ninguno de los lectores conciba la más remota esperanza de ver en vida suya realizado este sueño".

Naturalmente no era posible prever los grandes adelantos técnicos que iban a producirse al poco tiempo. Y, en efecto, el 20 de julio de 1969, el astronauta Neil Armstrong llevaba a cabo el trascendental acontecimiento de ser el primer hombre que pisaba la Luna.

Si en sólo 27 años se produjo tan extraordinario avance técnico, no es posible ahora prever los que pueden llegar a producirse en los próximos siglos. Lo evidente es que hayan hombres sin escrúpulos que pretendan aprovecharse ellos solos de unos avances científicos llamados a estar al servicio de toda la Humanidad. Prueba de ello es la insolente acción llevada a cabo, en noviembre del pasado año, por una empresa norteamericana que, con el ridículo nombre de "Embajada Lunar", vendió parcelas de la Luna a treinta y nueve ciudadanos chinos. Afortunadamente, la Administración de Industria y Comercio, de Pequín, tomó cartas en el asunto, impuso una multa de 6.300 dólares a dicha empresa, le retiró la licencia y la obligó a devolver el dinero a sus clientes.

En la situación mundial actual, con leyes y prácticas anacrónicas contrarias a la justicia y a la libertad, la conquista del Espacio puede ocasionar graves conflictos, no sólo entre individuos, sino incluso entre Estados. Para que esto no ocurra, creemos que debería estudiarse cuanto antes la formulación de una Carta de los Derechos de la Sociedad. No para su aplicación en plazo medio o corto, lo que levantaría gran resistencia por parte de los contrarios a todo cambio y por muchos intereses creados; pero sí para que las generaciones que nos deben suceder, –o los alienígenos, si los hay- puedan beneficiarse de nuestros estudios y no caer en los males sociales característicos de nuestro mundo.

Como principales sugerencias a estudiar como base de dicha Carta, aportamos las siguientes:

  1. El derecho de propiedad de una cosa lo obtiene el que la produce, y lo puede traspasar por venta, donación, etcétera. Por el contrario, ningún hombre ni grupo de hombres pueden tener derecho de propiedad sobre lo que no ha sido producido por los seres humanos.
  2. El Universo, la Naturaleza, la Tierra y los demás astros, pertenecen a su Creador, se le nombre como Dios, Ser Supremo, o con cualquier otro nombre. Él lo ha puesto a disposición de todos los seres vivientes, sin distinción, en condición de usufructo, y sin que haya cedido a nadie derecho de propiedad.
  3. Hace más de 3.000 años, Moisés, al escribir el Levítico, puso en boca de Jahvé, con gran sabiduría, las siguientes palabras: "La tierra no se venderá para siempre; por cuanto es mía, y vosotros no sois más que forasteros e inquilinos en mi casa." (Lv 25,23). En nuestros días, estas palabras significan que ni la Tierra, ni otros astros, ni parte de ellos, pueden ser propiedad de individuos, de entidades, ni de Estados.
  4. Es evidente que, para vivir o trabajar, para establecer cultivos, edificios o instalaciones diversas, el suelo debe ser poseído en exclusiva. Esto no constituye problema alguno si no se confunde posesión y propiedad, que son cosas bien diferentes como demuestra un simple ejemplo: Si un empresario invierte su capital en una flota de vehículos, para negociar con ellos alquilándolos, cuando los alquila, a pesar de seguir siendo su propietario, no los posee. En cambio, quien alquilado alguno lo posee, sin que sea su propietario
  5. De acuerdo con esto, hay que reconocer que los títulos de propiedad del suelo, tanto los antiguos, como los actuales y los que se extiendan en el futuro, sólo pueden entenderse como derecho de posesión en exclusiva de suelo.
  6. Este derecho de posesión en exclusiva constituye un privilegio frente a quienes no lo poseen. Es un privilegio que se valora por el precio del suelo, es decir por capitalización de la renta o beneficio producido por el desarrollo de la comunidad. No es obra, pues, de quien lo posee, sino que es riqueza pública.
  7. Es obligación primera de los Municipios, las Provincias, las Regiones o los Estados según el ámbito de la posesión, recaudar anualmente el importe de la renta de la zona poseída. Si frívolamente no se recauda, lo que ocurre son dos graves daños. Uno, que los poseedores de suelo se apropian de la renta pública y, dos, que debido a ello, los gobernantes, faltados de sus recursos naturales, recurren a aplicar impuestos, con los que se apropian de riqueza privada y, como resultado, se empobrece a la población y al propio Estado.
  8. Además del suelo, también son bienes naturales dados en usufructo a todas las generaciones, aquellas partes de la Naturaleza tales como selvas vírgenes, mares, lagos, cursos de agua y toda clase de yacimientos minerales. Su salvaguarda debería correr a cargo de un Organismo Superestatal que, bajo los auspicios de la ONU, administrara dichos bienes, concediendo o denegando explotaciones, según el interés general.
  9. Las empresas concesionarias podrían obtener su beneficio según el trabajo y capital invertidos, pero dejando las sustancias o productos resultantes de la explotación, bajo la administración de dicho Organismo, evitando así monopolizaciones y alteraciones especulativas del mercado.
  10. Los recursos así obtenidos podrían aplicarse preferentemente en favor de la sanidad y la educación de poblaciones retrasadas y, como socorro, en caso de grandes catástrofes.

Nos gustaría recibir comentarios sobre estas sugerencias, y también recibir otras nuevas.

J. Soler Corrales

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