CAPITULO 9

LEY DEL SALARIO

Por deducción hemos obtenido ya la ley del salario. Pero, para comprobar la deducción y quitar al asunto toda ambigüedad, busquemos dicha ley desde un punto de partida independiente.

Los salarios, que comprenden toda recompensa recibida por el trabajo, varían, no sólo según las diferentes facultades individuales, sino que, al hacerse más complicada la organización social, también varían mucho según las ocupaciones. Sin embargo, hay cierta relación general entre todos los salarios, de manera que expresamos una idea clara y bien entendida cuando decimos que los salarios son más altos o más bajos en un tiempo o lugar que en otro. En sus diversos grados, los salarios suben y bajan obedeciendo a una ley común. ¿Cuál es esta ley?

El principio fundamental de la acción humana (la ley que para la Economía Política es lo que la ley de la gravedad es para la física) es que el hombre procura satisfacer sus deseos con el mínimo esfuerzo. Evidentemente, este principio, por medio de la competencia que promueve, ha de igualar las recompensas ganadas con esfuerzos iguales en circunstancias parecidas. Cuando los hombres trabajan por cuenta propia, esta igualación será ampliamente efectuada por la igualdad de precios; y entre los que trabajan por cuenta propia y los que trabajan por cuenta de otros, actuará la misma tendencia igualadora.

Según este principio, en circunstancias de libertad, ¿cuáles serán los términos en que un hombre puede contratar a otros que trabajen para él? Evidentemente, los determinará lo que estos otros podrían ganar trabajando por cuenta propia. El principio que a él le evita tener que pagar más, excepto lo necesario para incitar al cambio, también impedirá a ellos cobrar menos. Si ellos pidiesen más, la competencia de otros les privaría de hallar empleo. Si él ofreciese menos, nadie aceptaría las condiciones, porque obtendrían mayores resultados trabajando por cuenta propia. Por consiguiente, aunque el patrono desea pagar lo menos posible y el empleado desea cobrar tanto como pueda, el valor del trabajo por cuenta propia fijará el salario a los trabajadores mismos. Si temporalmenta, los salarios son llevados más arriba o más abajo de este nivel, pronto surge una tendencia a volverlos a él.

Pero los resultados o ganancias del trabajo no dependen sólo de la intensidad o calidad del trabajo mismo. lo que una cierta cantidad de trabajo producirá, varía según la productividad de los bienes naturales a que se aplica. Por esto el principio por el cual los hombres procuran satisfacer sus deseos con el mínimo esfuerzo, fijará el salario al nivel del producto de este trabajo en el punto de máxima productividad que le está abierto.

La Determinante del Salario

En virtud de aquel principio, el punto máximo de productividad natural abierto al trabajo en las circunstancias existentes, será el punto más bajo en que la producción tiene lugar, porque nadie empleará trabajo en un punto inferior de productividad, mientras otro más alto le sea asequible. Por esto el salario que un patrono ha de pagar, se mide por el punto más bajo al que llega la producción, y los salarios subirán o bajarán según que este punto suba o baje.

Por ejemplo: en un estado social sencillo, cada hombre, a la manera primitiva trabaja por cuenta propia, unos, por ejemplo, cazando, otros pescando, otros cultivando el suelo.

Supondremos que se empieza a cultivar y que toda la tierra usada es de la misma calidad, dando rendimiento semejantes a esfuerzos semejantes. Por esto, el salario (pues aunque ni haya patronos ni empleados, hay, no obstante, salario) será todo el producto del trabajo; y, concediendo las diferencias de agradabilidad, riesgo etc., de las tres ocupaciones, los salarios serán, por término medio, iguales en las tres, es decir, iguales esfuerzos darán iguales resultados. Pues bien, si uno de los habitantes desea emplear alguno de sus compañero para trabajar para él en vez de trabajar por cuenta propia, ha de pagarle un salario igual a todo este producto medio del trabajo.

El Margen de Producción

Dejemos pasar algún tiempo. El cultivo se ha extendido y en vez de abarcar tierras de igual calidad, las abarca de calidades diferentes. Ahora el salario no será el producto medio del trabajo, como era antes. Será el producto medio del trabajo en el margen de cultivo, o sea, en el punto de mínimo rendimiento. Porque, puesto que el hombre procura satisfacer sus deseos con el mínimo esfuerzo posible*, el punto de mínima recompensa en el cultivo ha de dar al trabajo una recompensa equivalente a la recompensa media de la caza y la pesca (esta igualación se efectuará por medio de la igualdad de precios). El trabajo ya no dará igual recompensa a esfuerzos iguales, sino que los que lo aplican a la tierra mejor obtendrán un producto mayor que el que un esfuerzo igual da a quienes cultivan la tierra inferior. Sin embargo, los salarios seguirán siendo iguales, porque este exceso percibido por el cultivador de la tierra mejor es, en realidad, renta; y si la tierra es objeto de propiedad individual, el resultado será darle un valor.

Si en estas nuevas circunstancias, un miembro de esta sociedad desea contratar a otros que trabajen para él, solamente tendrá que pagarles lo que el trabajo obtiene en el punto inferior de cultivo. Según esto, si el margen de cultivo desciende a puntos de más baja productividad, el salario bajará; si, por el contrario, el margen sube, subirá el salario.

Tenemos, pues, la ley del salario como una deducción del principio más evidente y más universal. Que los salarios dependen del margen de cultivo, que serán más o menos altos según que sea mayor o menor el producto que el trabajo puede obtener de las mejores oportunidades naturales a que tiene acceso, son consecuencias del principio por el cual los hombres procuran satisfacer sus deseos con el mínimo esfuerzo.

Los Salarios en las Diferentes Ocupaciones

Si del estado social sencillo pasamos a los complejos fenómenos de las sociedades altamente civilizadas, encontraremos, examinándolos, que también están regidos por esta ley.

En tales sociedades, los salarios son muy diversos, pero aún guardan una mutua relación más o menos definida y perceptible. Esta relación no es invariable. En una época, un filósofo de fama puede ganar con sus conferencias un salario muchas veces mayor que el del mejor mecánico y otra época apenas puede esperar la paga de un peón; hay también ocupaciones que en una gran ciudad obtienen salarios relativamente altos, pero que los obtendrían relativamente bajos en un país nuevo. Sin embargo, en todos los casos y a pesar de divergencias arbitrarias debidas a costumbres, legislación, etc., las diferencias entre salarios se pueden explicar por ciertas circunstancias.

En uno de sus capítulos más interesantes (La Riqueza de las Naciones, libro 1, capítulo 10, parte 1), Adam Smith enumera las principales circunstancias que, como él expone, motivan la pequeña paga de ciertos empleos y dan como compensación grandes pagas en otros: 1. Lo agradable o desagradable de la ocupación; 2. la facilidad y baratura o la dificultad y gasto del aprendizaje; 3. la continuidad o discontinuidad de la ocupación; 4. la menor o mayor confianza que se debe depositar en el empleado; y 5 la mucha o poca probabilidad de éxito (1). No hace falta detallar estas causas que varían los salarios según las diferentes ocupaiciones. Han sido admirablemente expuestas por Adam Smith y sus seguidores, que han elaborado bien los detalles, aunque no hayan podido captar la ley principal.

Demanda y Oferta de Trabajo

Es perfectamente correcto decir que en diferentes ocupaciones, los salarios varían relativamente según las diferencias en la oferta y la demanda de trabajo, entendiendo por demanda la petición de servicios de un determinado tipo, hecha por el conjunto social, y por oferta la cantidad relativa de trabajo que, en las circunstancias existentes, puede dedicarse a efectuar dichos servicios.

Pero, aunque esto es verdad respecto a las diferencias relativas de los salarios, aquellas palabras no significan nada cuando se dice que el nivel general de los salarios es determinado por la oferta y la demanda. Porque oferta y demanda sólo son términos relativos. Oferta de trabajo solamente puede significar trabajo ofrecido a cambio de trabajo o de producto del trabajo; y demanda de trabajo solamente puede significar trabajo o producto del trabajo que se ofrecen a cambio de trabajo. Así, pues, oferta es demanda y demanda es oferta y, en el conjunto social, ambas abarcan lo mismo. Lo que oculta cuán absurdo es hablar de oferta y demanda refiriéndose al trabajo en general, es la costumbre de considerar que la demanda de trabajo procede del capital y es una cosa distinta del trabajo; pero el análisis a que anteriormente se ha sometido esta idea, ha bastado para probar su falsedad.

Las Variaciones del Salario son Interdependientes

Cualesquiera que sean las circunstancias que causan la diversidad de salarios en las diferentes ocupaciones y aun cuando la relación entre los diferentes salarios varía (originando diferencias relativas más o menos grandes según las épocas y los sitios), tanto la observación como la teoría evidencian que la altura del salario en una ocupación siempre depende de la altura en otra; y así sucesivamente, hasta llegar a la capa inferior y más extensa de los salarios, en ocupaciones donde la demanda es casi uniforme y en las que hay la mayor libertad para ocuparse. Porque, aunque puedan existir barreras más o menos difíciles de vencer, la cantidad de trabajo que puede dedicarse a una ocupación especial no es absolutamente fija en ninguna parte. Todos los artesanos podrían actuar como obreros y muchos obreros podrían pronto hacerse artesanos; todos los almacenistas podrían actuar como tenderos y muchos tenderos fácilmente podrían hacerse almacenistas; muchos labradores, con algún aliciente, se harían cazadores o mineros, pescadores o marineros; y muchos cazadores, mineros, pescadores y marineros, podrían, a petición, dedicarse al cultivo.

En los extremos de cada ocupación están aquellos para quienes los atractivos de una u otra ocupación están tan equilibrados, que el menor cambio basta para encaminar su trabajo en una u otra dirección. Por esto, cualquier aumento o disminución en la demanda de trabajo de determinado tipo no puede, si no es temporalmente, llevar el salario de esta ocupación más arriba o más abajo del nivel relativo del salario en otras ocupaciones, que está determinado por las circunstancias anteriormente mencionadas, tales como la relativa agradabilidad o continuidad del empleo, etc. Aun donde en esta correlación se interponen barreras artificiales, como leyes restrictivas, regulaciones gremiales, instituciones de castas, etc., la experiencia demuestra que pueden dificultar, pero no impedir que este equilibrio persista. Obran como las presas, que suben las aguas de un río por encima de su nivel natural, pero no pueden evitar que rebosen.

Ley General del Salario

Así, pues, aunque la relación de los salarios entre sí pueda cambiar de vez en cuando, según las circunstancias que determinan sus niveles relativos, es evidente que los salarios en todas las capas sociales han de depender, en definitiva, del salario en la capa inferior y más amplia, y que según que éste suba o baje, subirá o bajará la altura general del salario.

Las ocupaciones primarias y fundamentales sobre las que, por decirlo así, todas las demás descansan, son, evidentemente, las que obtienen riqueza directamente de la naturaleza; luego, la ley del salario en éstas ha de ser la ley general del salario. Y puesto que el salario en estas ocupaciones depende, como está claro, de lo que el trabajo puede producir en el punto de mínima productividad a que habitualmente se aplica, por esto, los salarios en general dependen del limite de cultivo o para decirlo con más exactitud, del punto de máxima productividad natural al cual el trabajo puede libremente aplicarse sin pagar renta.

La ley del salario que de este modo hemos obtenido es la que antes habíamos obtenido como corolario de la ley de la renta.

Esa ley es:

El salario depende del margen de producción o del producto que el trabajo puede obtener en el punto de máxima productividad natural que le es accesible sin pago de renta.

Como la ley de la renta de Ricardo, de la cual es corolario, esta ley del salario lleva consigo su propia demostración y resulta evidente con sólo enunciarla. Porque no es sino una aplicación de la verdad central, base del razonamiento en Economía, de que el hombre procura satisfacer sus deseos con el mínimo esfuerzo*. El promedio de los hombres no querrá trabajar para un patrono por menos, todo considerado, de lo que puede ganar trabajando por cuenta propia; ni tampoco trabajará por cuenta propia por menos de lo que pueda ganar trabajando para un patrono. Por esto, la ganancia que el trabajo puede obtener de los bienes naturales que estan libres para él, fija el salario que el trabajo obtiene en todas partes. Es decir, la línea de la renta es la medida forzosa de la línea del salario. Lo que hace evidente que una tierra de cierta calidad dará como renta el exceso de su producto sobre el de la tierra menos productiva empleada, es el saber que el dueño de la tierra mejor puede obtener trabajo que la explote, pagándolo con lo que este mismo trabajo podría obtener de la tierra de calidad más pobre.

El Salario es una Proporción del Producto

Quizá convenga recordar al lector que estoy empleando la palabra salario en el sentido, no de cantidad, sino de proporción. Cuando digo que los salarios bajan a medida que la renta sube, quiero decir que es forzosamente menor, no la cantidad de riqueza obtenida por los trabajadores como salario, sino la proporción en que esta cantidad está respecto a la producción total. La proporción puede disminuir mientras la cantidad queda igual o incluso aumenta. Si el margen de cultivo desciende del punto de productividad que llamaremos 25 al que llamaremos 20, la renta de todas las tierras que anteriormente pagaban renta subirá según esta diferencia, y la proporción de todo el producto obtenida por los trabajadores como salario, descenderá en la misma extensión. Pero si, entretanto, el progreso de las artes o las economías permitidas por el aumento de población, han aumentado el poder productivo del trabajo, de tal modo que un mismo esfuerzo produce ahora tanta riqueza en el punto 20 como antes en el 25, los trabajadores obtendrán como salario una cantidad de riqueza igual que antes. La baja relativa del salario no se percibirá en ninguna disminución de artículos necesarios o comodidades del trabajador, sino solamente en los mayores ingresos y más pródigos gastos de la clase que cobra renta.

En sus manifestaciones más sencillas, la ley del salario es reconocida por gente que no se preocupa de Economía Política, del mismo modo que, desde muy antiguo, quienes nunca pensaron en la ley de la gravedad reconocían que un cuerpo pesado cae. No hace falta ser un filósofo para ver que si en cualquier país se abrieran de par en par bienes naturales que permitiesen a los trabajadores ganar por cuenta propia salarios mayores que los más bajos ahora pagados, el nivel general del salario subiría.

El mismo Adam Smith vio la causa de los altos salarios donde todavía hay tierra libre por colonizar, aunque no supo apreciar la importancia y relaciones de este hecho. Al tratar de las causas de la prosperidad de las nuevas colonias (La Riqueza de las Naciones, libro 4, capitulo 7), dice: «Cada colono adquiere más tierra que la que puede cultivar. No tiene que pagar renta, ni casi impuestos... Por eso está deseoso de reunir trabajadores de todas partes y pagarles los salarios más generosos. Pero estos generosos salarios, junto con la abundancia y baratura de la tierra, pronto hacen que los trabajadores le dejen para hacerse propietarios a su vez y remunerar con igual largueza otros trabajadores, que pronto les dejarán por la misma razón que ellos a su primer patrono.»

Es imposible leer las obras de los economistas que, desde el tiempo de Adam Smith, se han esforzado en erigir y dilucidar la ciencia de la Economía Política, y no verlos tropezar una y otra vez con la ley del salario sin reconocerla nunca. Y, no obstante, «¡si hubiese sido un perro, les habría mordido!». Ciertamente, es difícil resistir a la sospecha que algunos de ellos realmente vieron esta ley del salario, pero, temiendo las conclusiones prácticas a que conduciría, prefirieron ignorarla y encubrirla, antes que emplearla como clave de problemas que sin ella son tan desconcertantes. ¡Una gran verdad, para un siglo que la ha rechazado y pisoteado, no es una palabra de paz, sino una espada!

(1) Esta última, que es análoga al elemento riesgo en los beneficios, explica los elevados salarios de los abogados, médicos, contratistas, actores, etc., que tienen éxito.

CAPITULO 10

INTERES DEL CAPITAL

El capital no es una cantidad fija, sino que siempre puede ser aumentado o disminuido, 1) por la mayor o menor aplicación de, trabajo a producir capital, y 2) por la conversión de riqueza en capital o de capital en riqueza.

Es notorio que, en condiciones de libertad, lo máximo que se dará por el uso del capital, será el incremento que éste suministra, y lo mínimo será la reposición del capital; pues, por encima de aquel punto, el tomar capital a préstamo implicaría una pérdida, y por debajo del otro no se podría conservar el capital.

El poder de aplicarse en formas ventajosas es un poder del trabajo, que el capital, en cuanto a tal, no puede reclamar ni compartir. Un arco y unas flechas permitirán a un indio matar, supongamos, un búfalo cada día, mientras que con palos y piedras apenas podría matar uno por semana; pero el armero de la tribu no podría reclamar al cazador seis de los siete búfalos muertos, como recompensa por el uso de un arco y flechas. Ni el capital empleado en una fábrica de paño dará al capitalista la diferencia entre el producto de la fábrica y lo que la misma cantidad de trabajo obtendría con la rueca y el telar a mano.

El capital es producido por el trabajo; de hecho es solamente trabajo incorporado a materia, trabajo almacenado en materia, para cederlo cuando se necesita, como el calor del sol almacenado en el carbón se desprende en el hogar. Por consiguiente, el uso del capital en la producción sólo es una forma de trabajo. Como que sólo puede usarse el capital consumiéndolo, su uso es un gasto de trabajo; y para conservar el capital, su producción por el trabajo ha de ser proporcionada a su consumo en ayuda del trabajo.

El punto normal del interés, donde quiera que esté situado entre lo máximo y lo mínimo necesarios de recompensa al capital, ha de ser tal que, todo considerado, la recompensa del trabajo y la del capital resulten igualmente atractivas para el esfuerzo y el sacrificio que, respectivamente, implican. Quizá no es posible fromular este punto, porque habitualmente los salarios se evalúan en cantidad, y el interés en proporción. Pero debe haber un punto tal, en el que o, mejor dicho, cerca del cual el nivel del interés tiende a fijarse; porque, si no tuviera lugar este equilibrio, el trabajo no aceptaría el uso del capital o el capital no se pondría a disposición del trabajo.

Se puede exponer esta natural relación entre interés y salario en una forma que sugiere una oposición; pero esta oposición es sólo aparente. En una sociedad entre Dick y Harry, la cláusula por la cual Dick cobra una cierta proporción de las ganancias conjuntas implica que la parte de Harry sea mayor o menor según que la de Dick sea menor o mayor, respectivamente; pero si, como en este caso sucede, cada uno obtiene sólo lo que añade al fondo común, el aumento de la porción de uno no disminuye la del otro.

No estamos hablando, claro está, de salarios e interés particulares, sino del nivel general del salario y del nivel general del interés, siempre entendiendo por interés la retribución que el capital puede obtener, sin incluir el seguro ni los salarios de superintendencia.

En una rama particular de la producción se puede trazar claramente una línea entre los que aportan trabajo y los que aportan capital, pero, aun en colectividades en que hay la más marcada distinción entre la clase general de los trabajadores y la clase general de los capitalistas, estas dos clases pasan de una a otra por gradaciones imperceptibles y, en los extremos en que ambas clases se juntan en las mismas personas, la mutua acción que restablece el equilibrio puede proseguir sin ser obstruida.

Posición Relativa del Capitalista y el Propietario

Aun en colectividades en que hay la más marcada
distinción entre la clase general de los trabajadores
y la clase general de los capitalistas, estas dos clases
pasan de una a otra por gradaciones imperceptibles.
Si cabe imaginar un lugar donde la producción de la riqueza se efectuase sin la ayuda del trabajo y únicamente por la fuerza reproductiva del capital y a donde fuesen llevados ciertos capitalistas con sus capitales en forma apropiada, evidentemente, aquéllos obtendrían, como recompensa de su capital, toda la riqueza obtenida, únicamente en tanto que nada de lo producido fuese reclamado como renta. Cuando la renta apareciese, ésta saldría del producto del capital y a medida que ella aumentase, la ganancia de los dueños de capital necesariamente disminuiría.

Imaginando que el lugar donde el capital tuviese este poder de producir riqueza sin ayuda del trabajo, fuese de extensión limitada, supongamos una isla, veríamos que cuando el capital hubiese aumentado hasta el límite de cabida de la isla, la recompensa del capital descendería hasta una bagatela por encima de su mera reposición y que los propietarios del suelo obtendrían como renta casi todo lo producido, pues la única alternativa que tendrían los capitalistas sería arrojar su capital al mar. O si imaginamos que esta isla está en comunicación con el resto del mundo, la recompensa del capital se pondría al nivel de la que tiene en otros lugares. El interés no sería ni más alto ni más bajo que en cualquier otro lugar. La renta obtendría toda la ventaja y la tierra de esta isla tendría un gran valor.

El Capital como Forma del Trabajo

En verdad, la distribución primaria de la riqueza se hace en dos partes y no en tres. El capital no es sino una forma de trabajo y su distinción respecto al trabajo es en realidad una subdivisión, como lo sería la distinción del trabajo en hábil e inhábil. Hemos llegado al mismo punto que habríamos alcanzado al considerar sencillamente el capital como una forma de trabajo y buscar la ley que distribuye el producto entre la renta y el salario; es decir, entre los poseedores de los dos factores, las substancias y fuerzas naturales y el esfuerzo humano, que al unirse producen toda la riqueza.

Provechos a Menudo Confundidos con el Interés

Como ya hemos hecho notar, los valores de la tierra, que forman una enorme parte de lo llamado usualmente capital, no son en modo alguno capital; y la renta, comúnmente incluida entre las ganancias del capital, y que se lleva una porción, siempre creciente, del producto de una colectividad progresiva, no es ganancia del capital y ha de distinguirse cuidadosamente del interés.

Permítasenos recordar de nuevo que nada que no sea riqueza puede ser capital, es decir, que no pueden ser capital los dones espontáneos de la naturaleza ni lo que no consista en cosas efectivas y tangibles que tienen en sí mismas, y no por representación, la facultad de servir directa o indirectamente al deseo del hombre.

Por consiguiente, un valor del Estado no es capital, ni siquiera lo representa. El capital que el Estado recibió por él, ha sido consumido improductivamente, disparado por las bocas de los cañones, usado en buques de guerra, gastado en mantener hombres marchando y haciendo ejercicios, matando y destruyendo. El valor del Estado no puede representar capital que ha sido destruido. No representa ningún capital. Es sencillamente una declaración solemne de que el gobierno, algún día, por medio de impuestos, tomará de las existencias de riqueza del pueblo el equivalente que devolverá al tenedor del valor; y que entretanto, de vez en cuando tomará del mismo modo lo suficiente para compensar el tenedor el incremento que el capital que promete devolverle le daría, si estuviese realmente en su poder. Las inmensas sumas que de este modo se toman del producto de todos los paises modernos para pagar el interés de la deuda pública no son la ganancia o incremento del capital; no son realmente interés en el sentido estricto del término, sino impuestos levantados sobre el producto del trabajo y del capital, dejando tanto menos para los salarios y para el verdadero interés.

Pero, supongamos que los valores se han emitido para ahondar el cauce de un río, construir faros o erigir un mercado público; o supongamos, para presentar la misma idea con otro ejemplo, que han sido emitidos por una compañía ferroviaria. En este caso sí que representan capital existente y aplicado a usos productivos y, como las acciones de una compañía que paga dividendo, pueden ser considerados como certificados de la propiedad de capital. Pero sólo pueden ser considerados así, en tanto que efectivamente representan capital y no en cuanto han sido emitidos en exceso respecto al capital usado.

Hay economistas que descomponen los beneficios en interés, seguro y salarios de superintendencia. Pero mientras los salarios de superintendencia incluyen evidentemente los ingresos derivados de cualidades personales como son la destreza, el tacto, la iniciativa, la capacidad organizadora, la inventiva, el carácter, etc., hay otro elemento que contribuye a los beneficios ahora comentados, y que sólo arbitrariamente puede clasificarse junto a dichas cualidades: el elemento de monopolio.

Cuando Jacobo 1* concedió a su favorito el privilegio exclusivo de hacer hilo de oro y de plata, y bajo severas penas prohibió a los demás hacerlo, el ingreso que por ello Buckingham* disfrutó, procedía, no del interés del capital invertido en la manufactura, ni de la destreza u otras cualidades de quienes realmente efectuaban las operaciones, sino de lo que obtuvo del Rey, esto es, del privilegio exclusivo, en realidad, del poder para imponer con fines particulares un impuesto a todos los que usaran aquel hilo. De una fuente parecida viene gran parte de los beneficios que se suelen confundir con los intereses del capital.

Los ingresos obtenidos de patentes concedidas por un número limitado de años con el propósito de fomentar los inventos, son evidentemente atribuibles a esta fuente, como lo son las ganancias derivadas de monopolios creados por tarifas protectoras con el pretexto de fomentar la industria patria.

También se confunden a menudo con el interés los beneficios debidos a los elementos del riesgo. Algunas personas adquieren riqueza aprovechando ocasiones que necesariamente han de traer pérdidas a la mayoría de la gente. Tales son ciertas formas de especulación y sobre todo lo que se llama jugar a la bolsa; como en una mesa de juego, lo que uno gana, algún otro lo ha de perder.

Cuán necesario es tomar nota de las distinciones sobre las que he llamado la atención, se ve en las discusiones corrientes, en las cuales el color es blanco o negro, según que se mire desde un punto de vista o del otro. Por una parte, en la existencia de la profunda miseria al lado de vastos acúmulos de riqueza, se nos quiere hacer ver las agresiones del capital contra el trabajo. Por otra parte, se ha indicado que el capital ayuda al trabajo, y se nos pide que de esto deduzcamos que nada hay injusto o antinatural en el ancho abismo entre ricos y pobres, que la fortuna no es sino la recompensa de la laboriosidad, la inteligencia y la sobriedad, y que la pobreza no es sino el castigo de la desidia, la ignorancia y la imprudencia.


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