CAPITULO 4

ORIGEN DEL SALARIO

Cuando se afirma que los salarios se sacan del capital, es evidente que se ha perdido de vista el significado económico del término salario, y se ha prestado atención al sentido restringido y vulgar de la palabra. Porque en todos aquellos casos en que el trabajador trabaja por cuenta propia y toma directamente como recompensa el producto de su trabajo, está bien claro que los salarios no salen del capital, sino que resultan directamente como producto del trabajo.

Si, por ejemplo, dedico mi trabajo a buscar huevos de pájaros o a recoger bayas silvestres, los huevos o bayas que así obtengo son mi salario. Seguramente nadie sostendrá que en este caso el salario sale del capital.

O si tomo un pedazo de cuero y hago con él un par de zapatos, voy añadiendo continuamente valor a medida que mi trabajo avanza, hasta que, al resultar de mi trabajo los zapatos terminados, tengo mi capital (el pedazo de cuero) más la diferencia de valor entre este material y los zapatos concluidos. Al obtener este valor adicional, mi salario, ¿cómo y en qué momento se quita algo del capital?

Adam Smith* reconoció el hecho de que, en estos casos sencillos que he puesto por ejemplo, el salario es el producto del trabajo y, así, comienza su capítulo sobre los salarios (La Riqueza de las Naciones, libro 1, capitulo 8): «El producto del trabajo constituye la natural recompensa o salario del trabajo. En aquel primitivo estado de cosas que precede a la apropiación de la tierra, así como a la acumulación de mercancías, todo el producto del trabajo pertenece al trabajador. Este no tiene propietario ni amo que participen con él.» Pero en vez de seguir la verdad, evidente en los modos sencillos de producción, como guía a través de los embrollos de las formas más complicadas, Adam Smith la reconoce, sólo de momento, para abandonarla enseguida; y afirmando que «en todas partes de Europa por cada obrero independiente hay veinte que sirven a un amo», reemprende la indagación desde un punto de vista que considera que el amo suministra el salario de sus obreros, sacándolo de su propio capital.

Salarios en Especie

Recojamos el hilo donde Adam Smith lo perdió, y, avanzando paso a paso, veamos si la conexión de los hechos, evidente en las formas de producción más sencillas, continúa a través de las más complejas.

Inmediato en sencillez a «aquel primitivo estado de cosas», del cual aún se pueden hallar muchos ejemplos, en que todo el producto del trabajo pertenece al trabajador, está el arreglo por el cual éste, aunque trabajando para otra persona o con el capital de otra persona, cobra su salario en especie, es decir, en cosas que su trabajo produce. En este caso, es tan claro como en el caso del trabajador por cuenta propia, que los salarios se sacan del producto del trabajo y de ninguna manera del capital.

Si yo contrato un hombre para recoger huevos o bayas o hacer zapatos, pagándole con huevos, bayas o zapatos de los que su trabajo obtiene, no cabe duda de que la fuente de los saldos es el trabajo por el cual se pagan.

Salarios por Participación en el Producto

El arriendo de tierras por participación, que se practica en gran escala en los Estados del Sur de la Unión y en California, el sistema de aparcería de Europa, lo mismo que los muchos casos en que se paga a administradores, corredores, etc., con un tanto por ciento de los beneficios, ¿qué son sino el empleo del trabajo por salarios que consisten en una parte del producto?

Adelantando de lo sencillo a lo complejo, el paso siguiente consiste en que los salarios, aunque estimados en especie, se paguen con su equivalente en otra cosa. Por ejemplo, en los buques balleneros americanos no se acostumbra a pagar salarios fijos, sino una «puesta» o proporción del botín, la cual varía desde una decimosexta a una duodécima parte para el capitán hasta una tricentésima para el grumete. De este modo, cuando, después de una pesca afortunada, llega a New Bedford* o San Francisco* un barco ballenero, trae en su bodega los salarios de su tripulación, lo mismo que los beneficios de sus propietarios y un equivalente que compensará por todas las provisiones gastadas durante el viaje. ¿No es evidente que estos salarios (el aceite y barbas de ballena que la tripulación ha recogido) no han sido sacados del capital, sino que son realmente una parte del producto del trabajo? Tampoco este hecho se altera u oscurece en lo más mínimo, cuando, por razones de conveniencia, en vez de distribuir entre la tripulación su parte de aceite y barbas, se valora al precio del mercado la parte de cada hombre y se le paga en dinero. Este dinero no es sino el equivalente del salario real, que es el aciete y las barbas. En ese pago no hay en modo alguno un anticipo del capital.

Salarios Pagados por el Patrono

Sin producción no habría
ni podría haber salarios.
La producción es siempre la madre de los salarios. Sin producción no habría ni podría haber salarios. Es del producto del trabajo, no de los anticipos del capital, de donde vienen los salarios. Donde quiera que analicemos los hechos, se verá que esto es verdad. Porque el trabajo siempre precede al salario. Esto es tan universalmente cierto para el salario que el trabajador cobra de un patrono, como para el salario directamente obtenido del trabajo por cuenta propia. En uno y otro caso, la recompensa está condicionada por el esfuerzo. Pagados a veces por días, más habitualmente por semanas o meses, en ocasiones por años, y, en ciertas ramas de la producción, a destajo, el pago de salarios por un patrono a un empleado implica siempre la previa aportación del trabajo por el empleado, en beneficio del patrono. Los pocos casos en que se anticipa el pago de servicios personales, se pueden atribuir evidentemente o bien a caridad o a garantía y compra.

Uso Ambiguo del Término Capital

El admitir la teoría según la cual los salarios salen del capital, viene en primer lugar, de afirmar que el trabajo no puede ejercer su poder productivo, si el capital no le proporciona el sustento. Esta afirmación ignora y oculta la verdad de que el trabajo siempre precede al salario. Se ve en seguida que el trabajador ha de tener comida, ropa, etc., que le permitan ejecutar el trabajo; y el lector incauto, al cual han dicho que los alimentos, los vestidos, etc., que usan los trabajadores productivos, son capital, acepta la conclusión de que para aplicar el trabajo es necesario consumir capital.

Es sólo una obvia deducción de eso, el que la actividad productora queda limitada por el capital, que la demanda de trabajo depende de la oferta de capital y, por consiguiente, que los salarios dependen de la relación entre el número de trabajadores que se han de emplear y la suma del capital destinado a contratarlos.

La falsedad de este razonamiento estriba en emplear el término capital en dos sentidos. En la proposición primaria, que para ejercer el trabajo productivo se necesita capital, se incluye en ese término capital todos los alimentos, vestidos, albergue, etc., mientras que en la deducción final sacada de aquélla, se emplea el término en su legítimo significado de riqueza (en manos de los patronos como tales) consagrada, no a la inmediata satisfacción del deseo, sino a producir más riqueza.

La conclusión no es más válida que lo sería el inferir, del hecho de que un obrero no puede ir al trabajo sin desayuno ni ropa, que no pueden ir al trabajo más obreros que los que sus patronos provean previamente de desayuno y vestidos. Lo cierto es que los trabajadores suministran sus propios desayunos y los vestidos con que van a su labor; y además, que los patronos nunca se ven obligados a hacer anticipos al trabajo antes de comenzarla, aunque en casos excepcionales puedan hacerlos.

El Trabajo Siempre Precede al Salario

De todos los trabajadores parados del actual mundo civilizado, probablemente no hay ninguno que, deseando trabajar, no pudiese emplearse sin un anticipo de salario. Sin duda, gran parte de ellos iría de buena gana a trabajar en condiciones que no requiriesen el pago de salarios antes del fin del mes. Es dudoso que haya bastantes para llamarlos «clase», que no fuesen a trabajar para cobrar sus salarios al final de la semana, como suelen hacer la mayoría de los trabajadores; mientras que ciertamente no hay ninguno que no aguarde a cobrar su salario hasta el fin de la jornada o, si queréis, hasta la hora de la próxima comida. El momento preciso del pago de salarios es secundario; el punto esencial, el punto en que insisto, es que tiene lugar después de la realización del trabajo.

El pago de salarios, por consiguiente, implica siempre la previa ejecución del trabajo. Pues bien, la previa ejecución del trabajo, ¿qué implica siempre? Evidentemente, la producción de riqueza, la cual, si se ha de cambiar o usar en la producción, es capital. Por esto el pago de salarios presupone producción hecha por el trabajo por el cual se pagan. Y como el patrono generalmente obtiene un provecho, pagar el salario al trabajador es, por lo que concierne a aquél, devolver al trabajador una parte de la riqueza previamente producida por su trabajo. Respecto al trabajador, es recibir una parte de la riqueza previamente producida por su trabajo. Puesto que el valor pagado en salarios es, de este modo, cambiado por un valor creado por el trabajo, ¿cómo puede decirse que el salario es adelantado por el capital? Puesto que, en el cambio de salario por trabajo, el patrono siempre obtiene el capital creado por el trabajo, antes de pagar el salario, ¿en qué momento ha disminuido su capital, ni siquiera temporalmente? (1)

El Fabricante y su Capital

Suponed, por ejemplo, un patrono dedicado a convertir materias primas en productos acabados, algodón en tela, hierro en ferretería, cuero en zapatos o algo semejante y que, como es costumbre, paga a sus obreros una vez por semana. Haced un inventario exacto de su capital el lunes por la mañana, antes de empezar el trabajo; constará de los edificios, maquinaria, materias primas, dinero disponible y productos acabados en almacén.

Suponed, para mayor sencillez, que el fabricante no compra ni vende nada durante la semana y que el sábado, una vez parado el trabajo y pagada la mano de obra, se vuelve a tomar inventario del capital. Habrá menos dinero en efectivo, porque se ha gastado en pagar salarios; habrá menos materias primas, menos carbón, etc. y del valor de los edificios y maquinaria habrá que descontar el del desgaste y deterioro habidos en la semana. Pero, si hace un negocio provechoso, como en promedio ha de ser, la cuenta de los productos listos ha de ser tanto mayor que compense todas aquellas disminuciones y dé, en la suma total, un aumento de capital. Evidentemente, el valor que pagó en salarios a sus obreros no ha sido sacado del capital propio ni de ningún otro. Salió, no del capital, sino del valor creado por el trabajo mismo.

Fases del Proceso de la Producción

Donde se paga el salario antes de obtener o acabar el objeto del trabajo (vgr. en la agricultura, en que la labranza y la siembra han de preceder varios meses a la recolección de la cosecha, o en la construcción de edificios, buques, ferrocarriles, canales, etc.), está claro que los dueños del capital así pagado en salarios, no pueden esperar su inmediata recuperación, sino que, como se dice, han de «desembolsarlo» durante algún tiempo, a veces muchos años. En tales casos, si no en otros, ¿se dirá, seguramente, que en efecto los salarios vienen del capital, son realmente anticipados por éste, y deben disminuirlo cuando se pagan? ¿Que, seguramente, aquí por lo menos, la actividad productora queda limitada por el capital, ya que sin capital estas obras no podrían ser llevadas a cabo?

Veamos: puesto que la aportación de trabajo precede al pago de los salarios y la aportación de trabajo implica la creación de valor, el patrono obtiene valor antes de pagar valor. Porque la creación de valor tiene lugar en todas las fases del proceso de la producción, como resultado inmediato de la aplicación del trabajo y por consiguiente, por mucho que dure el proceso en que se ocupa, el trabajo que se ejerce aumenta siempre la riqueza antes de cobrar los salarios.

El Ejemplo de la Construcción de Navíos

Supongamos un buque, un edificio. Son productos acabados. Pero no fueron producido por una sola operación o por una sola clase de productores. Siendo así, fácilmente distinguimos diferentes etapas o fases en la creación del valor que, como artículos acabados, representan. Cuando no distinguimos diferentes partes en el proceso final de la producción, distinguimos el valor de los materiales. A menudo el valor de estos materiales se puede descomponer varias veces, mostrando otras tantas etapas, claramente definidas, en la creación del valor final. En cada una de estas etapas estimamos habitualmente una creación de valor, un aumento de capital.

Puede tardarse un año y aún años en construir un buque, pero la creación del valor, cuya suma será el barco terminado, adelanta de día en día y de hora en hora, desde que se puso la quilla o aún desde que se despejó el terreno. Al pagar salarios antes de terminarse el buque, el amo constructor no disminuye su capital ni el de toda la colectividad, pues el valor del buque parcialmente construido substituye el valor desembolsado en salarios. En este pago de salarios no hay anticipo de capital, como lo prueba el que, si en cualquier fase incompleta de la construcción se propusiera al constructor venderla, éste esperaría un provecho.

El Ejemplo de la Agricultura

Es evidente que en la agricultura el valor no se crea de repente al recolectar la cosecha, sino paso a paso durante todo el proceso, en el cual se incluye la recolección. Entretanto, el capital del labrador no queda disminuido por el pago de salarios. Esto es evidente cuando, durante el proceso de la producción, se vende o arrienda la tierra; un campo labrado vale más que sin labrar, y un campo sembrado más que otro solamente arado.

La creación de valor es bien tangible cuando se venden cosechas en perspectiva, como se hace a veces, o cuando el labrador mismo no siega, sino que hace un contrato con el dueño de la máquina segadora. Es tangible en el caso de huertas y viñedos que, aunque todavía no den fruto, tienen precios proporcionados a su edad. Es tangible tratándose de caballos, vacas y ovejas, que aumentan de valor a medida que se acercan a su edad madura. Y aunque no siempre es tangible entre los que se podrían llamar los habituales momentos de cambio en la producción, este aumento de valor tiene lugar con igual seguridad a cada actuación del trabajo. Por consiguiente, cuando se ejecuta trabajo antes de recibir salario, el anticipo de capital lo hace el trabajo; el préstamo lo hace el asalariado al patrono, no al contrario.

Consumo Presente y Producción Pasada

Pero todavía puede quedar o surgir una duda en el ánimo del lector. Así como el labrador no puede comer surcos o una máquina de vapor a medio construir no ayuda en modo alguno a producir la ropa que el maquinista lleva, ¿no habré «olvidado -- según la frase de John Stuart Mill* -- la gente de un país se mantiene y subviene a sus necesidades con el producto, no de su producción actual, sino de la pasada»? O, como pregunta Mrs. Fawcett* (Economía política para principiantes, capítulo 3), ¿no habré «olvidado que han de transcurrir muchos meses entre la siembra de la semilla y el momento en que el producto de esta semilla se convierte en un pan» y que, «por lo tanto, es evidente que los trabajadores no pueden vivir de lo que su trabajo ayuda a producir, sino que se mantienen de la riqueza que su trabajo o el ajeno ha producido antes, la cual riqueza es capital»?

Analizándolas, se ve que estas afirmaciones son, no evidentes, sino absurdas. Implican la idea de que no se puede ejercer el trabajo, hasta haber ahorrado los productos del trabajo, poniendo así el producto antes que el productor. Y, examinándolas, se verá que su apariencia plausible nace de una confusión de ideas.

Me parece que, analizando la afirmación de que el trabajo actual se ha de sustentar del producto del trabajo pasado, se verá que sólo es verdad en el sentido de que el trabajo de la tarde se ha de hacer con ayuda de la comida del mediodía o de que se ha de cazar y guisar la liebre antes de comerla. Y está claro que no es ése el sentido en que aquella afirmación se emplea para apoyar el importante razonamiento que en ella se funde. Este sentido es que antes de poder llevar a cabo una obra que no produce inmediatamente riqueza útil como subsistencia, ha de haber un acopio de ésta, capaz de mantener a los trabajadores durante su realización. Veamos si esto es verdad: Supongamos que un centenar de hombres, sin ningún acopio de provisiones, desembarcan en un país nuevo, ¿necesitarán acumular provisiones para toda una temporada, antes de emprender el cultivo del suelo? De ninguna manera. Solamente será necesario que la pesca, caza, fruta, etc. abunden tanto que el trabajo de algunos alcance a proveer cada día bastante de aquéllas para sustento de todos y que haya un sentimiento de mutuo interés o una correlación de deseos que impulse a los que ahora obtienen el alimento a compartirlo (cambio) con aquellos cuyo esfuerzo se encamina a obtener una recompensa futura.

Cómo se Mantiene la Sociedad

Lo que es verdad en este caso, lo es en todos. Para producir cosas que no sirven de sustento o no puedan ser utilizadas en seguida, no es necesario que previamente se haya producido la riqueza requerida para mantener a los trabajadores mientras la producción prosigue. Basta que en algún lugar, dentro del círculo del cambio, haya al mismo tiempo una suficiente producción de subsistencias para los trabajadores y el deseo de cambiar estas subsistencias por las cosas a que el trabajo se dedica.

De hecho, ¿no es verdad que, en condiciones normales, el consumo es mantenido por la producción contemporánea?

He aquí un rico ocioso que no hace trabajo productivo ni con el cerebro ni con las manos, sino que, decimos, vive de la riqueza que su padre le legó, solidamente invertida en valores del Estado. Su sustento, ¿viene realmente de la riqueza acumulada en el pasado, o del trabajo productivo efectuado a su alrededor? En su mesa hay huevos acabados de poner, mantequilla batida pocos días antes, leche recién ordeñada, pescado que la víspera nadaba en el mar, carne que el chico del carnicero ha traído justo a tiempo para cocerla, y legumbres tiernas y frutas de la huerta - en resumen, apenas cosa alguna que no acabe de dejar las manos del trabajador productivo (pues en esta categoría se han de incluir los transportistas y distribuidores lo mismo que los que se ocupan en las primeras fases de la producción) y nada que haya sido producido en tiempos lejanos, a no ser, quizás, algunas botellas de vino añejo-. Lo que este hombre heredó de su padre y de lo cual decimos que él vive, no es, en realidad, riqueza alguna, sino solamente el poder de disponer de riqueza a medida que otros la producen. Es de esta producción contemporánea, de donde saca su subsistencia.

Sin duda, hay más riqueza en Londres que en cualquier otra extensión igual. No obstante, si en Londres el trabajo productivo cesase por completo, al cabo de pocas horas la gente empezaría a morir y en pocas semanas o a lo sumo a los pocos meses apenas quedaría alguien con vida. Pues una suspensión total del trabajo productivo sería un espantoso desastre cual nunca afligió una ciudad sitiada. Sería, no sólo una muralla de cerco, como la que Tito* erigió en torno a Jerusalén, que impediría el continuo ingreso de las provisiones que sustentan una gran ciudad, sino la erección de un muro parecido en torno a cada hogar. Imaginad semejante paro del trabajo en cualquier país y veréis cuán cierto es que la humanidad vive de la mano a la boca; que es el trabajo diario de la sociedad lo que la abastece con el pan cotidiano.

Siguiendo los rodeos del cambio, por los que el trabajo de construir una gran máquina de vapor procura al mecánico pan, carne, ropa, y albergue, hallaremos que, aunque entre el productor de la máquina y los productores de pan, carne, etc. pueda haber un millar de cambios intermedios, la transacción, reducida a sus términos más sencillos, realmente equivale a un cambio de trabajo entre el uno y los otros. Evidentemente, la causa que induce a emplear trabajo en hacer la máquina es que existe la demanda de una máquina por parte de los productores de pan, carne, etc. o por parte de quienes producen cosas deseadas por estos productores. Es esta demanda, que dirige el trabajo del mecánico hacia la producción de la máquina y por lo tanto, a su vez, la demanda de pan, carne, etc. por parte del mecánico, la que realmente dirige una suma equivalente de trabajo hacia la producción de estas cosas, y de esta manera el resultado de su trabajo efectivamente ejercido en producir la máquina, es la producción de las cosas en que gasta sus salarios.

O sea, formulando este principio:

La demanda para el consumo determina la dirección en la cual el trabajo se empleará en la producción.

Ese principio es tan sencillo y evidente que no necesita más aclaración; y, sin embargo, a la luz del mismo desaparecen todas las complicaciones de nuestro asunto, y así, en medio de la maraña de la producción moderna, nos formamos, acerca de los verdaderos objetos y recompensas del trabajo, el mismo concepto formado al observar las formas sencillas de la producción y cambio, propias de los primeros comienzos de la sociedad. Vemos que hoy, como entonces, cada trabajador procura obtener con su esfuerzo la satisfacción de sus propios deseos; vemos que, aunque la minuciosa división del trabajo asigna a cada productor solamente la producción de una pequeña parte o quizá ninguna, de las cosas especiales por cuyo logro él trabaja, no obstante, al ayudar a la producción de lo que otros productores desean, él está dirigiendo otro trabajo a la producción de las cosas que él desea; de hecho, él mismo está produciéndolos.

Y así, el hombre que sigue al arado, aunque la cosecha para la cual labra se ha de sembrar todavía y una vez sembrada tardara meses en madurar, no obstante, con el ejercicio de su trabajo en la labranza, está produciendo, en definitiva, los manjares que come y el salario que cobra. Pues la labranza, aunque no es más que una parte de la operación de producir una cosecha, es una parte, y tan necesaria como la recolección. La labranza es un paso hacia la obtención de la futura cosecha, y al asegurar ésta, saca, de la provisión constantemente mantenida, la subsistencia y el salario del labrador.

Esto es verdad, no solamente en teoría, sino también en la práctica y literalmente. En el tiempo oportuno para arar, suspended la labranza. ¿No se manifestarán inmediatamente los síntomas de escasez, sin aguardar el momento de la siega? Detened la labranza y ¿no se sentirá en seguida el efecto en el despacho del negociante, en el almacén de maquinaria y en la fábrica? ¿No quedarán pronto tan parados el telar y el uso como el arado? Que ha de ser así, lo vemos en las consecuencias inmediatas de un período de tiempo malo. Y siendo así, el hombre que ara, ¿no está realmente produciendo su propio sustento y salario, como si, durante el día o la semana, su trabajo produjese realmente las cosas por las que se cambia este trabajo?

(1) Hablo de trabajo que produce capital, para mayor claridad. Lo que el trabajo produce siempre es riqueza (que puede ser o no ser capital) o servicios, siendo casos de desgracia excepcionales casos en que nada se obtiene, Cuando el objeto del trabajo es simplemente la satisfacción del que le da empleo, como cuando me hago limpiar los zapatos, no pago el salario sacándolo del capital, sino de riqueza que he dedicado, no a empleos reproductivos, sino al consumo para satisfacción propia. Aun si los salarios así pagados fuesen considerados procedentes del capital, por este acto pasan de la categoría de capital a la de riqueza destinada a la satisfacción del poseedor, como cuando un vendedor de tabaco toma una docena de cigarros de sus existencias en venta y se los mete en el bolsillo pera su propio consumo.

CAPITULO 5

FUNCIONES DEL CAPITAL

El capital aumenta el poder productivo del trabajo: 1) Al permitir que el trabajo se aplique de un modo más eficaz; vgr. arrancando almejas con una azadilla, en vez de hacerlo con la mano, o propulsando un buque con el carbón traspalado al hogar, en vez de bogar con remos. 2) Al permitir que el trabajo se aproveche de las fuerzas reproductivas de la naturaleza; vgr. al obtener grano sembrándolo o animales criándolos. 3) Al permitir la división del trabajo y de este modo, por una parte aumentar la eficacia del factor humano, con la utilización de aptitudes especiales, la adquisición de habilidad y la reducción de gastos; y por otra parte, llevar al máximo el poder del factor natural, al sacar partido de las diferencias de suelo, clima y situación, para obtener cada clase especial de riqueza, donde la naturaleza es más favorable a su producción.

El capital no limita la actividad productora, cuyo único límite es el acceso a los materiales naturales. Pero el capital puede limitar la forma y productividad de aquélla, al limitar el uso de los instrumentos y la división del trabajo.

Que el capital puede limitar la forma de la actividad productora es evidente. Sin la fábrica no habría obreros fabriles; sin la máquina de coser no habría costura a máquina; ni, sin arado, arador; y sin un gran capital destinado al cambio, la actividad productora no tomaría las múltiples formas especiales propias del cambio.

También está claro que la falta de instrumentos ha de limitar mucho la productividad del trabajo. Si el labrador ha de emplear la pala, por no tener un arado, la hoz en vez de la máquina segadora, el mayal en vez de la trilladora; si el mecánico se ha de limitar al cortafríos para cortar hierro, el tejedor al telar a mano y así los demás, la productividad del trabajo no puede ser una décima parte de lo que es cuando es auxiliado por el capital en forma de los mejores instrumentos modernos. La división del trabajo no pasaría más allá de los más rudimentarios y casi imperceptibles comienzos; ni los cambios que hacen posible la división del trabajo, alcanzarían más allá de los vecinos más próximos, si no se mantuviese constantemente en depósito o circulación una porción de las cosas producidas.

Para que el habitante de una colectividad civilizada pueda cambiar a su gusto su propio trabajo con el de sus vecinos o con el de los hombres de los más remotos países del globo, han de haber depósitos de mercancías en almacenes, tiendas, bodegas de los barcos y vagones de ferrocarril. Para que los ciudadanos de una gran urbe puedan tomar un vaso de agua cuando quieran, ha de haber miles de millones de litros almacenados en los depósitos y circulando por kilómetros de tuberías

Podemos naturalmente, imaginar una colectividad en la que la falta de capital sea lo único que impide un aumento de la productividad del trabajo; pero sólo imaginando un conjunto de condiciones que nunca o raras veces ocurre, a no ser por accidente o de un modo pasajero. Una población cuyo capital ha sido aniquilado por una guerra, un incendio o una convulsión de la naturaleza y quizás una población, compuesta de gente civilizada recién establecida en un país nuevo, parecen proporcionar los únicos ejemplos. Sin embargo, hace mucho tiempo que se sabe cuán aprisa acostumbra a reproducirse, en una población asolada por la guerra, el capital que habitualmente se usa en aquélla, mientras que en el caso de una nueva colectividad, se observa también la rápida producción del capital que puede usar o está dispuesta a usar.

Sería un error atribuir solamente a la falta de capital las formas sencillas de producción y cambio a que se recurre en las sociedades nuevas. Estos métodos, que requieren poco capital, son en sí mismos rudimentarios y poco productivos, pero teniendo en cuenta las circunstancias de estas poblaciones, se advierte que son los más eficaces. Una gran fábrica con los últimos adelantos es el instrumento más eficaz ideado hasta hoy para convertir lana o algodón en tela, pero sólo es así donde se han de hacer grandes cantidades. La tela que se necesita solamente para una pequeña aldea, puede hacerse con mucho menos trabajo mediante la rueca y el telar de mano. Para transportar de vez en cuando dos o tres pasajeros, un bote es mejor instrumento que un buque de vapor; unos pocos sacos de harina se pueden transportar con menos trabajo a lomos de un mulo que con un ferrocarril; poner un gran almacén de mercancías en una encrucijada de la selva no sería sino despilfarrar capital.

Hablando en general, no se empleará una cantidad de capital mayor que la requerida por el mecanismo de producción y cambio que, en las condiciones existentes tales como inteligencia, costumbres, seguridad y densidad de población, convenga mejor a los pueblos.

Salario y Capital. Conclusiones Generales

En esta indagación, nuestro propósito es resolver el problema al cual se han dado tantas respuestas incongruentes. Al averiguar lo que el capital realmente es y hace, hemos dado el paso primero y más importante.

Hemos visto que el capital no anticipa los salarios ni sustenta a los trabajadores, sino que su función es ayudar al trabajo en la producción, herramientas, semillas, etc. y con la riqueza necesaria para efectuar cambios.

Nos vemos irresistiblemente llevados a conclusiones prácticas tan importantes que justifican de sobra la molestia de asegurarse de ellas. Pues si los salarios se sacan, no del capital, sino del producto del trabajo, se deben desechar todos los remedios propuestos, sea por profesores de Economía Política, sea por trabajadores, que miran de aliviar la pobreza, ya aumentando el capital, ya restringiendo el número de trabajadores o el resultado de su trabajo.

Si cada trabajador, al efectuar su trabajo, realmente crea el fondo del cual su salario procede, el aumento de trabajadores no puede disminuir los salarios. Al contrario, puesto que la eficacia del trabajo crece visiblemente al aumentar el número de trabajadores, cuantos más trabajadores haya, tantos mayores serán, en igualdad de circunstancias, los salarios. Pero esta condición, «en igualdad de circunstancias», nos lleva a una pregunta que hemos de considerar y contestar antes de seguir adelante. Esta pregunta es: las capacidades productivas de la naturaleza, ¿tienden a disminuir con las crecientes extracciones que en ellas se hace al aumentar la población?


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