CAPITULO 27

CONCLUSION

La verdad que he procurado esclarecer no será aceptada fácilmente. Si pudiera serlo, hace tiempo que se habría admitido; si pudiera serlo, nunca se la habría ofuscado. Pero hallará amigos que trabajarán por ella; sufrirán por ella; si es preciso morirán por ella. Tal es el poder de la Verdad.

¿Prevalecerá al fin? Al fin, sí. Pero, en nuestros tiempos o en tiempos en que se conserve alguna memoria de nosotros, ¿quién osará afirmarlo?

Para el que, viendo la privación y la miseria, la ignorancia y el embrutecimiento causados por instituciones sociales injustas, procura remediarlas en la medida de sus fuerzas, hay desengaños y amarguras. Así ha sucedido desde tiempo antiguo. Así ocurre también ahora. Pero la idea más amarga, que a veces alcanza al mejor y al más valiente, es la de la ineficacia del esfuerzo, la inutilidad del sacrificio. ¡A cuán pocos de los que siembran la semilla les es dado verla crecer y aun saber con certeza que crecerá!

No nos engañemos. Una y otra vez se ha levantado en el mundo la bandera de la Verdad y la Justicia y una y otra vez ha sido pisoteada, a menudo revolcada en sangre. Si le basta a la Justicia levantar la cabeza para ahuyentar la injusticia, ¿por qué han de oírse tanto tiempo los lamentos de los oprimidos?

Sin embargo, para quienes ven la Verdad y quieren seguirla, para los que reconocen la Justicia y quieren defenderla, el éxito no es el único propósito. ¡El éxito! Con frecuencia la falsedad y la injusticia pueden darlo. La Verdad y la Justicia, ¿no han de tener algo para dar, algo que sea muy suyo por derecho propio, suyo en esencia y no por accidente?

Que lo tienen siempre, lo saben todos los que han sentido su exaltación. Pero a veces se agolpan nubarrones. Es triste, muy triste, leer la vida de los que hicieron algo por sus semejantes. A Sócrates* le dieron la cicuta; a Graco* lo mataron a palos y pedradas; y a Uno, el más grande y puro de todos, lo crucificaron.

En esta investigación he seguido el curso de mi propio pensamiento. Cuando mentalmente la emprendí, no tenía teoría alguna que defender, ni conclusión alguna que probar. Solamente, cuando contemplé la repugnante miseria de una gran ciudad, espantado y afligido, no hubiera descansado, pensando cuál era su causa y cómo se podía remediar.

Pero, de esta investigación he sacado algo que no pensaba encontrar, y una fe que había muerto, revive.

El anhelo de una vida futura es natural y profundo. Crece con el desarrollo intelectual y quizá nadie lo sienta más realmente que los que han empezado a ver cuán grande es el universo y cuán infinitas son las perspectivas que cada adelanto del saber nos presenta, perspectivas cuya exploración nos requeriría nada menos que una eternidad. Pero, en el ambiente intelectual de nuestros tiempos, a la gran mayoría de hombres en quienes las sencillas creencias han perdido su base, les parece imposible considerar este anhelo, a no ser como una esperanza vana e infantil, nacida del egotismo humano y sin el menor fundamento o garantía, y que, por el contrario, parece incompatible con los conocimientos positivos.

Cuando averiguamos el origen y hacemos el análisis de las ideas que de este modo destruyen la esperanza en una vida futura, pienso que hallaremos su raíz, no en revelación alguna de las ciencias físicas, sino en ciertas enseñanzas de la ciencia política y social que se han infiltrado profundamente en todas las direcciones del pensamiento. Tienen su raíz en las doctrinas de que hay una tendencia a procrear más seres humanos de los que se pueden sustentar, de que el vicio y la miseria resultan de las leyes naturales y son el vehículo del progreso humano y de que éste se verifica por una lenta evolución de la raza. Estas doctrinas, que, en general, se admiten como verdades probadas, hacen lo que (excepto cuando la interpretación científica se tiñe con ellas) el desarrollo de las ciencias físicas no hace: reducen al individuo a la insignificancia; destruyen la idea de que el orden del universo pueda tener miramiento alguno con su existencia o reconocer lo que llamamos cualidades morales.

Es difícil reconciliar la idea de la inmortalidad del alma con la idea de que la naturaleza derrocha hombres trayéndolos constantemente a la vida donde no hay sitio para ellos. Es imposible reconciliar la idea de un Creador inteligente y benéfico con la creencia de que la miseria y la degradación que le toca en suerte a tan gran parte de la humanidad resulten de los decretos de Aquél. Y la idea de que el hombre en lo mental y lo físico es el resultado de lentas modificaciones perpetuadas por la herencia, sugiere irresistiblemente la idea de que el objeto de la existencia humana no es la vida del individuo, sino la vida de la raza. De este modo se ha desvanecido en muchos de nosotros y se está desvaneciendo en muchos más aquella fe que, para las luchas de la vida, es el apoyo más fuerte y el más hondo consuelo.

En el transcurso de nuestra investigación, hemos hallado estas doctrinas y vimos su falsedad. Hemos visto que la población no tiende a sobrepasar las subsistencias. Hemos visto que el despilfarro de fuerzas humanas y la profusión del dolor humano no proceden de las leyes naturales, sino de la ignorancia y el egoísmo de quienes rehúsan adaptarse a ellas. Hemos visto que el progreso no se efectúa cambiando el modo de ser del hombre, sino que, por el contrario, la naturaleza humana es, en general, siempre la misma.

Así se destruye la pesadilla que destierra del mundo actual la creencia en una vida futura. No es que se eliminen todas las dificultades, pues, por más vueltas que demos, venimos a parar a lo que no podemos comprender; pero se eliminan las dificultades que parecían terminantes e insuperables. Y así nace la esperanza.

Pero esto no es todo.

La Economía Política ha sido llamada la ciencia aciaga y, tal como se la suele enseñar, es decepcionante y desalentadora. Pero esto ocurre, como ya hemos visto, solamente porque se la ha degradado y encadenado, se han descoyuntado sus verdades, ignorado sus armonías, amordazado su palabra y transformado su protesta contra el mal en una defensa de la injusticia. Liberada, como he procurado liberarla, en su propia armonía, la Economía Política irradia esperanza.

Porque, bien comprendidas, las leyes que gobiernan la producción y distribución de la riqueza, demuestran que la privación y la injusticia del presente estado social no son inevitables. Por el contrario, demuestran que es posible un estado social en el que se desconozca la pobreza y en el que todas las mejores cualidades y más altas facultades de la naturaleza humana hallen oportunidad para desarrollarse completamente.

Y además, cuando vemos que el desarrollo social no es gobernado por una especial providencia ni por un destino cruel, sino por una ley que es a la vez inmutable y benéfica; viendo que la voluntad humana es el gran factor y que, considerando a los hombres como conjunto, su situación es la que ellos mismos se crean; viendo que la ley económica y la ley moral son esencialmente una sola cosa, y que la verdad adquirida por el penoso esfuerzo de la inteligencia, no es sino la que el sentido moral alcanza por una rápida intuición; entonces, un torrente de luz irrumpe en el problema de la vida idividual. Los incontables millones de hombres como nosotros que por esta tierra pasaron y siguen pasando, con sus alegrías y tristezas, sus esfuerzos y afanes, sus anhelos y temores, su fuerte percepción de cosas más profundas que los sentidos, sus sentimientos comunes en que se fundan los credos más divergentes, sus pequeñas vidas, ya no parecen un derroche sin objeto.

El gran hecho que la ciencia muestra en todas sus ramas, es la universalidad de la ley. Dondequiera que la invesitigue, sea en la caída de una manzana, o en la revolución de los soles binarios, el astrónomo ve efectos de la misma ley, actuando en las dimensiones mínimas en que podemos distinguir el espacio, de la misma manera que actúa en las insondables distancias de que su ciencia trata. De más allá del alcance de su telescopio llega un astro que luego desaparece. En tanto que puede seguirse su curso, no cumple la ley. ¿Dirá él que esto es una excepción? Por el contrario, el dice que lo que ha visto es solamente una parte de su órbita; que más allá del alcance de su telescopio, la ley subsiste. Efectúa sus cálculos, y éstos, al cabo de siglos, se ven confirmados.

Si averiguamos las leyes que gobiernan la vida humana en la sociedad, vemos que en la colectividad más grande como en la más pequeña, son las mismas. Vemos ser manifestaciones de un mismo principio las que a primera vista parecian divergencias y excepciones. Vemos que dondequiera que la indaguemos, la ley social, conduce hacia la ley moral y está de acuerdo con ella; que, infaliblemente, en la vida de una colectividad, la justicia lleva su recompensa y la injusticia su castigo.

Las leyes que la Economía Política descubre, como los hechos y relaciones de índole física, armonizan con lo que parece la ley del desarrollo mental, no un progreso inevitable e involuntario, sino un progreso cuya fuerza inicial es la voluntad humana. La inteligencia apenas se comienza a despertar antes que las facultades corporales declinen. Sólo llega a percibir confusamente el vasto campo que se le ofrece y sólo empieza a conocer y emplear su fuerza, a descubrir relaciones y extender sus simpatías, cuando, con la muerte del cuerpo, se va para siempre. A menos que haya algo más, parece haber aquí una brecha, una falla. Trátese de un Humboldt* o de un Herschel*, de un Moisés* mirando desde Pisgah*, de un Josué* al frente de sus huestes o de una de estas almas dulces y pacientes cuyas vidas transcurren radiantes entre estrechos horizontes, parece que, si la mente o el carácter aquí desarrollados no hubiesen de pasar más allá, habría en ello una inconsecuencia incompatible con lo que podemos ver de la eslabonada ilación del universo.

Por una ley fundamental de nuestra mente, la ley en que, de hecho, la Economía Política se apoya en todas sus deducciones, no podemos concebir un medio sin un fin, un designio sin un objeto. A no ser que el hombre pueda ascender más o llevar a cabo alguna cosa superior, su existencia es incomprensible. Tan fuerte es esta necesidad metafísica, que quienes niegan al individuo alguna cosa superior a esta vida, se ven obligados a transferir a la raza la idea de la perfectibilidad. Pero, como ya hemos visto (y se podría completar mucho el argumento), no hay nada que indique un perfeccionamiento de la raza. El progreso humano no es un perfeccionamiento de la naturaleza humana. Los avances que constituyen la civilización no se logran en la constitución del hombre, sino en la constitución de la sociedad. Por esto no son fijos y permanentes, sino que pueden perderse en cualquier momento; es más, tienden a ello constantemente.

¿Cuál es, pues, el sentido de la vida, esta vida absoluta e inevitablemente limitada por la muerte? Para mí, sólo se comprende como entrada y vestíbulo de otra vida. De la cadena de ideas que hemos ido siguiendo, parece surgir vagamente una vislumbre, un tenue fulgor de relaciones finales, cuya descripción sólo puede intentarse por medio del símbolo y la alegoría.

Mirad, hoy, en torno a vosotros.

¡Aquí, ahora, en nuestra sociedad civilizada, las viejas alegorías tienen aún significado, los antiguos mitos son aún verdad! Todavía la senda del deber conduce a menudo al Valle de la Sombra de la Muerte*, Cristiano* y Fiel* van por las calles de la Feria de Vanidades*, y golpes estrepitosos resuenan sobre la armadura de Gran Corazón*. Ormudz* lucha todavía contra Arimán*, el Príncipe de la Luz contra los Poderes de las Tinieblas. Al que quiera oír, le llaman los clarines del combate.

¡Y cómo llaman y llaman, hasta que se enardece el corazón que los oye! ¡Almas fuertes y nobles intenciones, la humanidad os necesita! La belleza todavía yace prisionera, y ruedas de hierro aplastan lo bueno, lo verdadero y lo bello que las vidas humanas podrían producir.

Y los que luchan al lado de Ormudz, aunque entre sí no se conozcan, en alguna parte, algún día serán convocados.

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