CAPITULO 21

DERECHOS DE LOS PROPIETARIOS
A INDEMNIZACION

Es imposible estudiar Economía Política o tan sólo pensar en la producción y distribución de la riqueza, sin ver que la propiedad de la tierra difiere socialmente de la propiedad de cosas de producción humana.

Expresa o tácitamente, esto se admite en todas las obras corrientes de Economía Política, aunque, en general, tan sólo como una vaga concesión o descuido. Generalmente, se desvía la atención, alejándola de la verdad, del mismo modo que un profesor de moral en un país esclavista la desviaría de un examen demasiado profundo de los derechos del hombre; y la propiedad de la tierra se acepta sin comentarios, como un hecho consumado, se considera necesaria para el uso de la tierra y para la existencia de la civilización.

La consideración que parece motivar dudas es el que habiéndose permitido tanto tiempo tratar la tierra como propiedad privada, al abolir ésta, obraríamos injustamente con aquellos a quienes se ha permitido fundar sus cálculos en la permanencia de dicha propiedad; que habiendo permitido poseer la tierra como legítima propiedad, al recobrar los derechos comunes, haríamos una injusticia a los que la compraron con lo que era indiscutiblemente su justa propiedad.

De este modo se afirma que, si abolimos la propiedad privada de la tierra, la justicia exige que indemnicemos plenamente a los que ahora la poseen, del mismo modo que el gobierno británico, al abolir la compraventa de cargos militares, se sintió obligado a indemnizar a quienes los habían adquirido confiando en poder venderlos a su vez; o como al abolir la esclavitud en las Indias Occidentales*, se pagaron 20.000.000 de libras esterlinas a los dueños de esclavos.

Reprobación de la Compra y Nacionalización de la Tierra

La mencionada idea sugiere que el gobierno compre al precio corriente la propiedad individual de la tierra de la nación; la idea que a John Stuart Mill, aunque percibía claramente la injusticia de la propiedad particular de la tierra, le indujo a defender la recuperación, no de toda la tierra, sino solamente de los futuros aumentos de su valor. Su proyecto era que se llevase a cabo una justa y aun liberal valuación de toda la tierra del reino y que el Estado tomase los futuros aumentos de este valor que no fuesen debidos a mejoras efectuadas por el propietario.

Aun prescindiendo de las dificultades que estos engorrosos planes ofrecen del consiguiente aumento de las funciones gubernamentales, y de la corrupción que engendrarían, el defecto inherente y esencial de los mismos consiste en la imposibilidad de solucionar por medio de componendas la radical diferencia entre lo justo y lo injusto. En la misma medida en que se salven las conveniencias de los dueños de la tierra, se desatenderán las conveniencias y los derechos generales, y si los propietarios nada han de perder de sus privilegios particulares, el público nada puede ganar.

Comprar derechos de propiedad particular sería dar a los propietarios, en otra forma, un derecho de igual índole y cuantía que el que ahora la propiedad de la tierra les da. Sería tomar para ellos, en forma de impuestos, la misma proporción de las pagas del trabajo y capital que hoy pueden apropiarse en forma de renta. Se salvaría su injusta ventaja y subsistiría la injusta desventaja de quienes no tienen tierra propia. Ciertamente, con el tiempo sería una ganancia para el pueblo, cuando el aumento de la renta hiciese la cantidad que ahora se llevan los propietarios, mayor que el interés del precio de compra al tipo actual; pero esto sólo sería una ganancia futura y entretanto, no sólo no habría alivio, sino que se aumentaría mucho la carga impuesta al trabajo y al capital en beneficio de los propietarios. Porque uno de los componentes del actual valor de la tierra en el mercado es la expectativa de su futuro aumento.

Por esto, comprar la tierra al precio del mercado y pagar interés por el dinero pagado, sería cargar a los productores, no sólo el pago de la renta actual, sino también el pago completo de la renta especulativa. 0, dicho de otro modo: se compraría la tierra a precios calculados a base de un rédito menor que el ordinario (porque el futuro aumento del valor de la tierra, siempre hace que el precio de la tierra en el mercado sea mucho mayor de lo que sería el precio de cualquier otra cosa que diese igual ganancia) y se pagaría el rédito ordinario por el dinero invertido en la compra. De este modo, se tendría que pagar a los propietarios, no sólo lo que ahora la tierra les da, sino una cantidad considerablemente mayor. Esto vendría a ser como si el Estado tomase la tierra de los propietarios en arriendo a perpetuidad a un tipo mucho mayor que el que ellos cobran actualmente. Por de pronto, el Estado se convertiría en agente de los propietarios para el cobro de sus rentas y tendría que pagarles, no sólo lo que ya recibían, sino mucho más.

Insuficiencia del Impuesto Sobre el Mero Incremento

El plan, propuesto por Mill, de nacionalizar la futura «plus-valía de la tierra», fijando el actual valor de todas las tierras en el mercado y adjudicando al Estado el futuro incremento de valor, no aumentaría la injusticia de la actual distribución de la riqueza, pero no la corregiría. La ulterior alza especulativa de la renta cesaría, y en el futuro el pueblo obtendría la diferencia entre el aumento de la renta y la cantidad en que este aumento fue estimado al fijar el actual valor de las tierra, en el cual figuran, por supuesto, como componentes, lo mismo el valor futuro que el presente. Pero, para todo el porvenir, dejaría una clase en posesión de la enorme ventaja que ahora tiene sobre las demás.

Propiedad privada en tierra
es un gran malhecho audaz y descarado,
como fue aquel de la esclavitud.
Ni hay razón para inquietarnos por los propietarios de la tierra. Que un hombre como John Stuart Mill* concediese tanta importancia a la indemnización a los propietarios hasta el punto de proponer que tan sólo se confisque el futuro incremento de la renta, solamente se explica por su conformidad con las doctrinas de que el salario sale del capital y de que la población tiende constantemente a ejercer presión sobre las subsistencias. Esto le ofuscó respecto al resultado final de la apropiación privada de la renta de la tierra. Hombre eminente, de ardiente corazón y noble inteligencia, nunca percibió, sin embargo, la verdadera armonía de las leyes económicas, ni comprendió que de esa gran injusticia fundamental surgen la necesidad y la miseria, el vicio y la ignominia. De otro modo jamás hubiese podido escribir esta frase: «La tierra de Irlanda, la tierra de cualquier nación pertenece al pueblo de esta nación. Los individuos llamados propietarios sólo tienen derecho, según la moral y la justicia, a la renta o a la indemnización por su valor en venta.»(1) ¡En el nombre del profeta, esto jamás! Si la tierra de cualquier nación pertenece al pueblo de esta nación, ¿qué derecho, según la moral y la justicia, tienen a la renta los individuos llamados propietarios? Si la tierra pertenece al pueblo, ¿por qué, en nombre de la moralidad y la justicia, el pueblo ha de pagar el valor en venta de lo que e suyo?

Injusticia de la Apropiación Individual de la Renta

Se ha dicho: «Si tuviésemos que tratar con quienes primitivamente usurparon a la humanidad su herencia, pronto terminaríamos la cuestión.»(2) ¿Por qué no acabaría de todos modos? Esta usurpación no es como el robo de un caballo o de dinero, que cesa con la acción. Es una usurpación reciente y continua, que prosigue cada día y cada hora. No es del producto del pasado, de donde se saca la renta; es del producto del presente. Es un gravamen continuo y constante sobre el trabajo. Cada martillazo, cada golpe del pico, cada impulso a la lanzadora, cada latido de la máquina de vapor pagan su tributo. Cobra de las ganancias de los que arriesgan su vida en el fondo de las minas y de los que se encaraman en los mástiles balanceados por encima de las espumantes oleadas. Roba calor al que tirita, comida al hambriento, medicina al enfermo, paz al afligido. Degrada, embrutece y exaspera. Amontona familias numerosas en un mísero cuartucho. De mozuelos que podrían ser hombres de provecho, hace candidatos a cárceles y penales. Envía la codicia y todas las malas pasiones a merodear por la sociedad, como el invierno empuja los lobos a las moradas de los hombres. Extingue en el alma humana la fe, y cubre la imagen de un Creador justo y misericordioso, con el manto de un destino duro, ciego y cruel.

No es tan sólo una usurpación en el pasado; es una usurpación en el presente, que despoja de su derecho innato a los niños que ahora vienen al mundo. ¿Por qué hemos de vacilar en acabar con este sistema? Porque fuisteis despojados ayer, anteayer y el día anterior, ¿es razón para que sufráis el despojo de mañana y de pasado mañana? ¿Es razón para inferir que el usurpador ha adquirido un derecho a despojaros?

Si la tierra pertenece al pueblo, ¿por qué continuar permitiendo que los propietarios tomen la renta o indemnizarlos por la pérdida de la renta? Pensad qué cosa es la renta. No sale espontáneamente de la tierra; no es debida a cosa alguna que el propietario haya hecho. Representa un valor creado por toda la colectividad. Dejad a los propietarios, si queréis, todo lo que la posesión de la tierra les daría en ausencia del resto de la colectividad. Pero la renta, creación de toda la sociedad, necesariamente pertenece a toda la sociedad.

Juzgad la causa de los propietarios según las máximas de la ley civil que determina los derechos de los hombres. Se nos dice que la ley civil es la suma razón y, ciertamente, los propietarios no pueden quejarse de su sentencia, porque ha sido dictada por ellos y para ellos. Pues bien, ¿qué concede la ley al poseedor inocente cuando la tierra que pagó con su dinero se adjudica a otro por petenecerle de derecho? Absolutamente nada. El haberla comprado de buena fe no le da ningún derecho. La ley no se inquieta por la «intrincada cuestión de la compensación» al comprador inocente. La ley no dice, como dice John Stuart Mill: «La tierra pertenece a A y por esto B, que se ha creído ser el dueño, sólo tiene derecho a la renta o a la indemnización por su valor en venta.» Pues, en verdad, esto sería como la famosa sentencia por la que, según dicen, el tribunal de una causa contra un esclavo fugitivo dio «la ley al Norte y el negro al Sur». La ley dice simplemente: «La tierra pertenece a A; que el juez le ponga en posesión de ella.» Al comprador inocente de un derecho injusto, no le da derecho a reclamar, no le concede ninguna indemnización. Y no sólo hace esto, sino que le quita todas las mejoras realizadas de buena fe en dicha tierra.

Podéis haber comprado la tierra a un alto precio, haciendo todas las diligencias para ver si el título de propiedad es bueno, podéis heberla poseido tranquilamente durante años sin pensamiento ni indicio de un demandante en contra; haberla hecho fructífera con vuestros afanes o haber levantado sobre ella un suntuoso edificio de más valor que ella o un modesto hogar, donde, rodeado de las higueras y las vides que habéis plantado, esperáis pasar vuestros últimos días. No obstante, si Quirk, Gammon y Snap* logran husmear una falla técnica en vuestros pergaminos o rastrear algún olvidado heredero que nunca se imaginó sus derechos, no sólo la tierra, sino todas vuestras mejoras, os pueden ser arrebatadas. Es más. Según la ley civil, después que hayáis renunciado a la tierra y entregado las mejoras, os pueden pedir cuentas de los beneficios que de todas ellas habéis sacado mientras las teníais.

Aplicando al pleito entre el pueblo y los propietarios de la tierra las mismas máximas de justicia formuladas por estos últimos en la ley y aplicadas diariamente por los tribunales ingleses y americanos en las disputas entre particulares, no tan sólo no hemos de pensar en dar a los propietarios ninguna indemnización por la tierra, sino que deberíamos quitarles también todas las mejoras y lo demás que puedan tener.

Pero yo no propongo ni creo que nadie proponga ir tan lejos. Basta con que el pueblo recupere la propiedad de la renta de la tierra. Dejad que los propietarios conserven sus mejoras y sus bienes muebles en posesión segura.

Y en esta medida de justicia no habría daño para ninguna clase. Desaparecería la gran causa de la actual distribución injusta de la riqueza y con ella el sufrimiento, la degradación y el despilfarro que acarrea. Hasta los propietarios participarían del beneficio general. La ganancia, incluso de los grandes propietarios, sería verdadera. La de los pequeños sería enorme. Porque, al dar la bienvenida a la Justicia, los hombres dan albergue a la servidora del Amor. La Paz y la Abundancia caminan en su séquito, brindando sus dones, no a algunos, sino a todos.

Si en este capítulo he hablado de justicia y conveniencia como si la justicia fuese una cosa y la conveniencia otra, ha sido solamente para rebatir las objeciones de los que hablan así. La más alta y verdadera conveniencia es la Justicia.

(1) Principios de Economía Política, libro 2, capítulo 10, sección 1.
(2) Herbert Spencer en Estática Social, publicada por primera vez en 1864.


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