CAPITULO 2

IMPORTANCIA DE LA DEFINICION DE LOS TERMINOS

Antes de proseguir nuestra indagación, aseguraremos el significado de nuestros términos, porque la vaguedad en su empleo ha de causar inevitablemente ambigüedad e indeterminación del razonamiento.

En el razonamiento económico, es indispensable dar a palabras como «riqueza», «capital», «renta», «salarios» y otras afines un sentido, no sólo mucho mas definido que el vulgar, sino más preciso que el usual, ya que por desgracia, aún en Economía Política el consenso común no ha a signado un significado cierto a algunos de dichos términos, pues autores diferentes dan significados distintos a un mismo término, y a menudo un autor usa el mismo vocablo con sentidos diferentes.

Cuando un término revista importancia, me esforzaré en establecer claramente lo que con él quiero significar y en usado en este sentido y no en otro. Séame permitido rogar al lector que anote y recuerde las definiciones dadas así, pues de otro modo no puedo tener la esperanza de hacerme entender bien. No intentaré dar significados arbitrarios a las palabras, ni inventar términos, incluso cuando fuere conveniente hacerlo, sino que me adaptaré a la costumbre tan estrictamente como sea posible, procurando solamente fijar el sentido de las palabras, de modo que puedan expresar con claridad el pensamiento.

Para empezar, establezcamos lo que entendemos por «salario» y por «capital». Los economistas han dado a la primera de estas palabras un significado bastante definido, pero las ambigüedades unidas al uso de la segunda en Economía Política exigen un detenido examen.
Los tres factores de producción
son tierra, trabajo y capital.

En el lenguaje usual, «salario» significa una compensación que, por sus servicios, se paga a una persona contratada; y hablamos de uno que trabaja «a salario», distinguiéndose de otro que «trabaja por cuenta propia». La costumbre de aplicar este término solamente a la compensación pagada por el trabajo manual, reduce aún más su empleo. No hablamos de salarios de hombres de carrera, administradores u oficinistas, sino de sus honorarios, pagas o sueldos.

Por esto el significado vulgar de la palabra «salario» es la compensación pagada a una persona contratada por el trabajo manual. Pero en Economía Política la palabra salario tiene un significado mucho más amplio e incluye toda recompensa del esfuerzo. Pues, como explican los economistas, los tres agentes o factores de la producción son la tierra, el trabajo y el capital, y a la parte del producto que va el segundo de estos factores la llaman salario.

Salarios en Sentido Económico

Así, el término trabajo abarca todo esfuerzo humano en la producción de riqueza; y siendo el salario la parte del producto que va al trabajo, incluye toda recompensa de aquel esfuerzo.

Por consiguiente, en el sentido político-económico del término salario, no se distingue la clase de trabajo ni si su recompensa se recibe de un patrono o no. Salario significa la recompensa recibida por el esfuerzo del trabajo, en cuanto se distingue de la que se recibe por el uso del capital y de la que recibe el propietario por el uso de la tierra.

El hombre que cultiva el suelo por cuenta propia obtiene su salario en su producto, del mismo modo que, si emplea capital propio y es dueño de su propia tierra, puede también obtener interés y renta. El salario del cazador es la caza que mata; el salario del pescador es el pescado que coge. El oro extraído por el buscador de oro es para él su salario, como lo es el dinero que al minero de carbón le paga el comprador de su trabajo; y, según enseña Adam Smith, los altos provechos de los tenderos al por menor son en gran parte salarios, pues son la recompensa de su trabajo y no de su capital. En resumen, todo lo recibido como resultado o recompensa del esfuerzo en la producción de riqueza es salario.

Esto es todo lo que ahora se debe advertir sobre el salario, pero importa recordarlo. Porque, aunque las obras de Economía reconocen más o menos claramente este sentido del término salario, a menudo lo olvidan en seguida.

Discordantes Definiciones del Capital

Más difícil es quitar al concepto de capital las ambigüedades que lo obscurecen y fijar el uso científico del término. En el lenguaje general, toda clase de cosas que tienen un valor o que rinden un provecho son vagamente llamadas capital, mientras que los economistas discrepan tanto que apenas se puede decir que este término tenga un significado fijo.

Comparemos entre sí las definiciones de unos pocos economistas típicos. «Aquella parte del caudal de un hombre», dice Adam Smith*, «de la cual espera un rédito, es llamada su capital» y el capital de una nación o sociedad, sigue diciendo, consiste en: 1) máquinas e instrumentos profesionales que facilitan y abrevian el trabajo; 2) edificios, no meras viviendas, sino que puedan ser considerados instrumentos del oficio, tales como tiendas, casas de campo, etc.; 3) mejoras de la tierra que la adaptan a la labranza o cultivo; 4) las aptitudes adquiridas y provechosas de todos los habitantes; 5) dinero; 6) existencias en poder de productores y negociantes, que de su venta esperan obtener un provecho; 7) materiales para las manufacturas o artículos parcialmente elaborados, aun en manos de los productores o comerciantes; 8) mercancías listas, en poder de los productores o negociantes. (La Riqueza de las Naciones, libro 2, capítulo 1). Los cuatro primeros de estos grupos, los denomina capital fijo y los cuatro últimos capital circulante, distinción de la cual, para nuestro propósito, no es necesario tomar nota.

La definición de David Ricardo* es: «Capital es aquella parte de la riqueza de un país empleada en la producción y consiste en alimentos, vestidos, herramientas, materias primas, maquinaria, etc. necesarias para efectuar el trabajo.» (Principios de Economía Política, capítulo 5.)

Esta definición, como se verá, difiere mucho de la de Adam Smith, pues excluye muchas de las cosas que éste incluye, tales como las aptitudes adquiridas, artículos de mero placer o lujo en posesión de los productores o negociantes; e incluye algunas cosas que Adam Smith excluye, tales como los alimentos, vestidos, etc., en posesión del consumidor.

La definición de J. R. McCulloch* es: «El capital de una nación realmente comprende todas aquellas porciones del producto del trabajo, existentes en ella, que pueden ser directamente empleadas, ya en sostener la existencia humana, ya en facilitar la producción.» («Nota» de McCulloch al libro 2, capítulo 1 de su edición de 1838 de La riqueza de las Naciones de Adam Smith.)

Esta definición sigue la directriz de la de Ricardo, pero es más amplia. Mientras excluye todo lo que no puede ayudar la producción, incluye todo lo que es capaz de ello, sin referencia al actual uso o necesidad de uso; según McCulloch expresamente afirma, el caballo que arrastra un coche de ,lujo es tan capital como el caballo que tira de un arado, porque, si es necesario, se le puede usar para este objeto.

John Stuart Mill*, siguiendo las mismas orientaciones de Ricardo y McCulloch, no define el capital según el uso o la aptitud para el uso, sino por el uso a que se destina. Dice: «Cualquier cosa destinada a suministrar al trabajo productivo albergue, protección, herramientas y materiales que aquél requiere y para nutrir y, en general, mantener al trabajador durante el proceso productivo, es capital.» (Principios de Economía Política, libro 1, capítulo 4.)

Estas citas bastan para mostrar las discrepancias de los maestros.

Las dificultades que acompañan el uso de la palabra capital como término exacto, y de las cuales, en las discusiones políticas y sociales corrientes, se ven ejemplos aún más notables que en las definiciones de los economistas, surgen de dos hechos: primero, el que ciertas cosas, cuya posesión le resulta al individuo exactamente lo mismo que si poseyera capital, no son parte del capital de la colectividad; y segundo, el que cosas de una misma clase pueden ser o dejar de ser capital, según la finalidad a que se destinen.

Con algún cuidado respecto a estos puntos, no ha de ser dificil obtener una idea bien clara y fija de lo que el significado corriente del termino capital abarca propiamente; esta idea nos permitirá decir qué cosas son capital y cuáles no lo son, y usar la palabra sin ambigüedad ni desliz.

Factores de la Producción

Tierra, trabajo y capital son los tres factores de la producción. Recordando que capital es, pues, un término usado a distinción de tierra y trabajo, vemos en seguida que ninguna cosa correctamente incluida en uno u otro de estos dos términos puede ser clasificada propiamente como capital.

Tierra

El término tierra incluye necesariamente, no sólo la superficie terrestre en cuanto difiere del agua y el aire, sino todo el universo material fuera del hombre mismo, pues sólo teniendo acceso a la tierra, de la cual procede su propio cuerpo, el hombre puede estar en contacto con la naturaleza o usar de ella.

El término tierra abarca, en resumen, todas las materias, fuerzas y oportunidades naturales y, por consiguiente, ninguna cosa que la naturaleza suministre de modo espontáneo, puede ser clasificada propiamente como capital. Un campo fértil, un filón abundante en minerales, un salto de agua que suministra fuerza, pueden dar a su poseedor ventajas equivalentes a la posesión de capital; pero clasificar estas cosas como capital sería suprimir la distinción entre tierra y capital y, en cuanto estos términos se relacionan entre sí, privarles de significado.

Trabajo

El término trabajo incluye todo esfuerzo humano. Por lo tanto, las facultades humanas, sean naturáles o adquiridas, nunca pueden ser clasificadas propiamente como capital. En el lenguaje usual hablamos a menudo del saber, destreza o actividad de un hombre, como si constituyeran su capital; pero esto es, claro está, una expresión figurada que se debe evitar en razonamientos que aspiran a la exactitud. La superioridad en aquellas cualidades puede aumentar los ingresos de un individuo de igual modo como lo haría el capital, y un aumento del saber, destreza o laboriosidad de un pueblo, puede, al aumentar la producción, dar el mismo resultado que un aumento de capital daría; pero este resultado es debido a la mayor potencia del trabajo y no al capital.

Capital

Hemos, pues, de excluir de la categoría de capital todo lo que puede ser incluido en «tierra» o en «trabajo». Haciéndolo asi, sólo quedan cosas que no son tierra ni trabajo, pero que han resultado de la unión de estos dos factores originarios de la producción. Ninguna cosa que no esté formada por estos dos, puede ser propiamente capital; es decir, no puede ser capital cosa alguna que no sea riqueza. Pero es de las ambigüedades en el uso de este término global «riqueza» de donde proceden muchas de las ambigüedades que acechan al término «capital».

El Termino «Riqueza»

Según el uso habitual, la palabra riqueza se aplica a todo lo que tiene valor de cambio. Pero, cuando se la emplea como término de la Economía Política, se ha delimitar a un significado mucho más definido, porque con ella se suele denominar muchas cosas que, al hacer la cuenta de la riqueza colectiva o general, de ningún modo pueden ser consideradas como riqueza. Esas cosas tienen valor de cambio y vulgarmente se las llama riqueza, en tanto que representan, para los individuos o grupos de individuos, el poder de obtenerla; pero no son verdadera riqueza, puesto que el aumento o disminución de las mismas no afecta a la totalidad de ésta. Tales son las acciones y obligaciones, hipotecas, pagarés, billetes de banco y otros contratos o transferencias de riqueza. Tales son los esclavos, cuyo valor representa sólo el poder de una clase social para apropiarse los salarios de otra clase social. Tales son las tierras y otras oportunidades naturales, cuyo valor no es más que el resultado de reconocer a favor de algunos individuos el derecho exclusivo a usarlas, y representa el poder dado así a los propietarios para exigir una porción de la riqueza producida por los que las usan.

El aumento del valor de las obligaciones, hipotecas, cheques o billetes de banco no puede aumentar la riqueza de la sociedad, ya que ésa abarca lo mismo a los que tienen derecho a recibir que a los que prometen pagar. Análogamente, la riqueza de un pueblo no aumentaría al someter a esclavitud a algunos de sus miembros, pues lo que ganasen los dueños lo perderían los esclavos.

El aumento del valor de la tierra no representa un aumento de la riqueza conjunta, pues lo que ganen los propietarios por los precios más altos lo perderán los arrendatarios o compradores. Y toda esta riqueza relativa que, en el pensamiento y lenguaje corrientes, en la legislación y la ley, está confundida con la riqueza efectiva, podría ser totalmente aniquilada sin destruir o consumir más que unas gotas de tinta y un pedazo de papel.

Por consiguiente, no todas las cosas que tienen valor de cambio son riqueza en el único sentido que este término puede ser usado en Economía Política. Solo pueden ser riqueza aquellas cosas cuya producción aumenta el conjunto de riqueza y cuya destrucción lo disminuye. Considerando qué cosas son éstas y cuál es su naturaleza, no tendremos dificultad al definir la riqueza.

Naturaleza de la Riqueza

Cuando decimos que una colectividad aumenta en riqueza, queremos decir que hay en aquélla un aumento de ciertas cosas tangibles, como edificios, ganados, utensilios, maquinaria, productos agrícolas o minerales, artículos manufacturados, barcos, vehículos, muebles y otras semejantes, que tienen un valor no solamente relativo, sino efectivo. El aumento de estas cosas constituye un aumento de riqueza; su disminución es una reducción de riqueza; y la colectividad que, en proporción al número de sus individuos, tiene más cosas de éstas es la colectividad más rica. La cualidad común de dichas cosas es el ser substancias o materias naturales que el trabajo humano ha adaptado al uso o satisfacción del hombre, y cuyo valor depende de la suma de trabajo que, por término medio, se necesitaría para producir cosas de la misma clase.

Definición de la Riqueza

Por lo tanto, riqueza, en el único sentido en que este término puede usarse en Economía Política, consiste en materias naturales que han sido obtenidas, trasladadas, combinadas, separadas o de otro modo modificadas por el esfuerzo del hombre para adaptarlas a la satisfacción de los deseos humanos. Es, en otras palabras, trabajo impreso en la materia, de modo que almacene el poder del trabajo del hombre para subvenir a los deseos humanos, como el calor del sol está almacenado en el carbón.

La riqueza no es el único objeto del trabajo, pues también se emplea éste en atender directamente al deseo; pero es el objeto y resultado de lo que llamamos trabajo productivo, esto es, trabajo que da valor a las cosas materiales. No es riqueza nada de lo que la naturaleza proporciona al hombre sin su trabajo, ni lo que resulta del trabajo, si no es un producto tangible que tiene y retiene el poder de satisfacer el deseo.

Siendo el capital riqueza destinada a cierto fin, no puede ser capital lo que no queda dentro de esta definición de riqueza. Reconociendo y recordando esto, nos libraremos de los errores, que, falseando todo razonamiento en que se introducen, ofuscan el pensamiento popular y han conducido, incluso a sutiles pensadores, a laberintos de confusión.

Ulterior Descripción del Capital

Pero, aunque todo capital es riqueza, no toda riqueza es capital. El capital es solamente una parte de la riqueza, a saber, aquella parte que se dedica a ayudar a la producción.

Todo lo que estamos tratando de hacer, todo lo que es necesario hacer, es fijar, como si dijéramos, las medidas y límites de un término que, en general, se entiende bien; esto es, definir una idea corriente.

Si los artículos de riqueza efectiva que existen en un tiempo y colectividad dados, fuesen expuestos in situ a una docena de hombres inteligentes que no hubiesen leído ni una línea de Economía Política, es dudoso que éstos desistieran en considerar capital o no uno solo de dichos artículos.

De la cosecha de un labrador, la parte destinada a la venta, a semilla o a pagar en alimentos parte de los salarios, seria estimada capital; la parte conservada para el uso de su propia familia, no lo sería.

Una chaqueta que un sastre hubiese hecho para la venta, seria considerada capital, pero no la chaqueta que se hubiese hecho para sí mismo.

Los alimentos en poder de un hotelero o fondista serían juzgados capital, pero no el alimento en la despensa de una madre de familia.

Los lingotes de hierro en posesión de un fundidor, un forjador o un comerciante, serían considerados capital, pero no los que sirviesen de lastre en la bodega de un yate de recreo particular.

Los telares de una fábrica serían capital, pero no la máquina de coser de una mujer que sólo la emplea para su propia ropa; lo sería un edificio alquilado o empleado en negocios o fines productivos, pero no una vivienda ocupada por el dueño de la misma.

En resumen, pienso que encontraríamos ahora, como cuando Adam Smith escribía, que «aquella parte del caudal de un hombre, de la cual espera un rédito, es llamada su capital». Y omitiendo su infortunado desliz respecto las aptitudes personales y restringiendo algo su mención del dinero, es dudoso que pudiésemos hacer de los diferentes artículos de capital una lista mejor que la que Adam Smith hizo en el pasaje resumido al principio de este capítulo.

Lo que hace que una herramienta sea un articulo de capital o solamente un artículo de riqueza, es el que sus servicios o usos hayan de ser cambiados o no. Así, la riqueza empleada en la construcción de un ferrocarril, una línea telegráfica pública, un teatro, un hotel, etc., puede decirse que está en curso de cambio. El cambio no se efectúa de una vez, sino poco a poco, con un número indefinido de gente. Sin embargo, hay cambio, y los «consumidores» del ferrocarril, la línea telegráfica, el teatro o el hotel, no son sus dueños, sino las personas que de vez en cuando los usan.

Cambiabilidad de la Riqueza

Es demasiado estrecho un concepto de la producción que se limita a la tarea de hacer las cosas. La producción incluye no solamente el hacerlas, sino también el llevarlas al consumidor. El comerciante o almacenista es, pues, un productor tan verdadero como el fabricante o el agricultor, y sus existencias o capital están consagrados a la producción, tanto como los de éstos. Pero no vale la pena de insistir ahora en las funciones del capital, que más adelante podremos determinar mejor.

Permítaseme llamar la atención sobre algo que a menudo se olvida, a saber, que los términos «riqueza», «capital», «salarios» y otros análogos, según se emplean en Economía Política, son términos generales. Nada puede afirmarse o negarse de ellos en general, que no pueda afirmarse o negarse de toda la clase de cosas que representan. El no recordar esto ha llevado a una gran confusión del pensamiento y permite que falsedades, de otro modo transparentes, pasen por verdades obvias. Riqueza es un término general y debe recordarse que la idea de riqueza implica la idea de cambiabilidad. Así, la posesión de cierta suma de riqueza es, en potencia, la posesión de cualquiera o de todas las clases de riqueza, según su equivalencia en el cambio. Y, por consiguiente, lo mismo sucede con el capital.

Ejemplos y ejercicios sobre los términos.

CAPITULO 3

SALARIOS Y CAPITAL

La causa que origina la pobreza en medio de la creciente riqueza es, evidentemente, la causa que se manifiesta en la tendencia, reconocida en todas partes, de los salarios hacia un mínimo. Planteemos, pues, nuestra indagación en esta forma condensada:

¿Por qué, a pesar del aumento del poder productivo, los salarios tienden a un mínimo que sólo permite una mísera existencia?

La contestación clásica ha sido que los salarios dependen de la relación entre el número de trabajadores y la suma de capital dedicada a dar empleo al trabajo; y como el aumento del número de trabajadores tiende naturalmente a seguir y sobrepasar todo aumento de capital, los salarios tienden constantemente a la cantidad más baja con la cual aquéllos pueden vivir.

La afirmación que trataré de demostrar es: Que los salarios, en vez de proceder del capital, en realidad proceden del producto del trabajo por el cual son pagados.(1)

Como la teoría de que el capital suministra los salarios también afirma que el capital los recupera de la producción, a primera vista todo ello parece un distingo y no una diferencia. Pero, que es mucho más que una distinción formulista, se ve claramente al considerar que de la diferencia entre ambas afirmaciones se deducen doctrinas que, tenidas por axiomáticas, atan, dirigen y gobiernan las más capaces inteligencias, al discutir las cuestiones más importantes. Pues, sobre el supuesto de que los salarios salen del capital y no del producto del trabajo, se fundan, no sólo la doctrina de que los salarios dependen de la proporción entre el capital y el trabajo; sino también la doctrina de que la actividad productora está limitada por el capital, esto es, que se ha de acumular capital antes de emplear trabajo, y que no se puede emplear trabajo sino habiéndose acumulado capital; la doctrina de que todo aumento de capital da o puede dar más ocupación a la actividad productora; la doctrina de que la conversión del capital circulante en capital fijo disminuye el fondo aplicable a mantener el trabajo; la doctrina de que se puede emplear más obreros con salarios bajos que con salarios altos; la doctrina de que el capital aplicado a la agricultura mantendría más trabajadores que si se aplica a la industria; la doctrina de que los provechos son altos o bajos según que los salarios sean bajos o altos o de que aquéllos dependen del costo de la subsistencia de los trabajadores -- en suma, todas las enseñanzas que, más o menos directamente, se fundan en el supuesto de que el trabajo es mantenido y pagado a expensas del capital existente, antes de obtenerse el producto que constituye la última finalidad.

Si se demuestra que esto es un error y que, por el contrario, el sustento y pago del trabajo no merma, ni de momento, el capital, sino que sale directamente del producto del trabajo, toda esta vasta superestructura queda sin apoyo y ha de caer. Del mismo modo han de caer las teorías populares que se fundan también en que, siendo fija la suma distribuible en salarios, la participación individual en éstos ha de disminuir forzosamente al aumentar el número de trabajadores.

Principios Comunes a Todas las Sociedades

La verdad fundamental, que en todo razonamiento de Economía se debe retener firmemente y nunca abandonar, es que la sociedad más desarrollada no es sino una ampliación de la sociedad en sus rudos comienzos. Los principios que, en las relaciones humanas más sencillas son evidentes, están solamente encubiertos, pero no abolidos o tergiversados por las relaciones más intrincadas que resultan de la división del trabajo y del uso de instrumentos y métodos más complejos. El molino de vapor con su complicada maquinaria dotada de los movimientos más diversos es sencillamente lo que en su día fue el tosco mortero de piedra excavada del antiguo lecho de un río: un instrumento para moler grano. Y todos los hombres empleados en aquél, ya sea que echen leña al hogar, dirijan la máquina, labren muelas, rotulen sacos, o lleven las cuentas, realmente están dedicando su trabajo al mismo propósito que el salvaje prehistórico tenía al utilizar su mortero: la preparación del grano para sustento del hombre.

Y así, si reducimos a sus términos más sencillos todas las complejas operaciones de la moderna producción, vemos que cada individuo que toma parte en esta red, infinitamente subdividida e intrincada, de la producción y el cambio, está realmente haciendo lo que hacía el hombre primitivo al trepar a los árboles para tomar su fruta o al seguir la marea baja en busca de mariscos: ejercer sus facultades para obtener de la naturaleza la satisfacción de sus deseos. Si recordamos esto con firmeza, si consideramos toda la producción de la sociedad como la colaboración de todos para satisfacer los deseos de cada uno, se ve claro que la recompensa que cada uno obtiene por su esfuerzo, en cuanto resulta de este esfuerzo, procede tan real y verdaderamente de la naturaleza como procedía la recompensa del primer hombre.

Por ejemplo: en el estado más sencillo que podemos concebir, cada hombre busca su propio cebo y atrapa su propio pescado. Pronto se ven claras las ventajas de la división del trabajo y uno busca cebo mientras otros pescan. Pero, evidentemente el que recoge cebo, en realidad hace tanto por la pesca como los que de hecho atrapan el pescado. De igual modo, cuando se ha descubierto cuán ventajosas son las canoas y en vez de ir todos a pescar, uno se queda en tierra haciéndolas y reparándolas, este constructor, en realidad, consagra su trabajo a la pesca tanto como los verdaderos pescadores, y el pescado con que él cena al regresar aquéllos es tan ciertamente el producto de su propio trabajo como el de ellos. Y asi, cuando la división del trabajo está bien establecida y en vez de intentar cada uno satisfacer todas sus necesidades recurriendo directamente a la naturaleza, uno pesca, otro caza, un tercero coge bayas, un cuarto recoge fruta, un quinto hace herramientas, un sexto construye chozas y un séptimo confecciona vestidos, cada uno, en la medida en que cambia el producto directo de su propio trabajo por el producto directo del trabajo de los demás, está realmente aplicando su propio trabajo a la producción de las cosas que usa. Está, en efecto, satisfaciendo sus deseos particulares por el ejercicio de sus facultades particulares; es decir, lo que él recibe, en realidad lo produce él.

Lo que el Salario Realmente Representa

Siguiendo estos principios, bien claros en un estado social sencillo, a través de las complejidades del estado que llamamos civilizado, veremos claramente que en todos los casos en que se cambia trabajo por mercancías, la producción es realmente anterior al disfrute. Veremos que los salarios son realmente las ganancias, esto es, las creaciones del trabajo, no los anticipos del capital, y que el trabajador que cobra su salario en dinero (acuñado o impreso, quizás, antes de que su trabajo comenzase) realmente cobra, a cambio de su trabajo ha añadido al acopio total de riqueza, una libranza contra este acopio, la cual puede él utilizar en cualquier clase especial de riqueza que mejor satisfaga sus deseos. Ni el dinero, que no es sino la libranza, ni la clase especial de riqueza que él pida por aquélla, representan anticipos del capital para su sustento; por el contrario, representa la riqueza o una porción de ella, que su trabajo ya ha añadido al acopio total.

Teniendo presentes estos principios, vemos que el delineante que en una oscura oficina de las riberas del Támesis*, dibuja los planos de una gran máquina marina, está en realidad consagrando su, trabajo a la producción de pan y carne tan ciertamente como si estuviera entrojando el trigo en California* o esgrimiendo el lazo en las pampas del Plata*. Está haciendo tan de veras sus propios vestidos como si estuviese trasquilando ovejas en Australia o tejiendo paño en Paisley*. El minero que en el corazón del alto Comstock* excava mineral de plata, realmente está, en virtud de miles de cambios, segando mieses abajo en los valles; pescando la ballena entre los hielos del Artico; arrancando hojas de tabaco en Virginia*; recolectando granos de café en Honduras*; cortando caña de azúcar en las islas Hawaii*; cosechando algodón en Georgia* o tejiéndolo en Manchester* o Lowell*; o haciendo para sus hijos curiosos juguetes de madera en los montes Harz*. Los salarios que cobra a fin de semana ¿qué son sino el certificado ante todo el mundo, de haber hecho él todas estas cosas; el primer cambio de una larga serie que transmuta su trabajo en las cosas por las cuales, en realidad, él ha estado trabajando?

(1) Hablamos del trabajo aplicado a la producción, al cual es preferible, para mayor sencillez, limitar la indagación. Mejor será, pues, aplazar cualquier duda que se presente al lector respecto a los salarios por servicios.


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