CAPITULO 15

EXAMEN DE ALGUNOS REMEDIOS PROPUESTOS

El remedio que nuestras conclusiones señalan es a la vez radical y sencillo; por una parte, tan radical que no se examinará imparcialmente mientras quede alguna fe en la eficacia de medidas menos enérgicas; por otra parte, tan sencillo, que probablemente se desdeñará su verdadera eficacia y alcance, mientras no se tenga en cuenta el efecto de medidas más complicadas.

Hay muchas personas que todavía mantienen una cómoda creencia en que el progreso material acabará por extirpar la pobreza, y hay muchos que consideran una prudente restricción del aumento de población como el remedio más eficaz; pero la falsedad de estas opiniones ya ha quedado bien demostrada.

Examinemos ahora lo que se puede esperar de: 1) una mayor economía en el gobierno; 2) mejores hábitos de laboriosidad y ahorro, y mejor instrucción de las clases trabajadoras; 3) la coalición de los trabajadores para aumentar los salarios; 4) la cooperación del trabajo y el capital; 5) la dirección e intervención gubernamental; 6) una más general distribución de tierra.

Mayor Economía en el Gobierno

El malestar social se ha atribuido en gran parte a las inmensas cargas que los actuales gobiernos imponen, las grandes deudas, los presupuestos militares y navales, la prodigalidad propia de los gobernantes tanto republicanos como monárquicos y especialmente característica de la administración de las grandes ciudades. Parece, pues, haber una evidente relación entre las inmensas sumas que así se sacan del pueblo y las privaciones de las clases más bajas y, viéndolo superficialmente, parece natural suponer que una reducción en esas enormes cargas inútiles, facilitarla al más pobre el ganarse la vida. Pero, al examinar esta cuestión a la luz de los principios económicos anteriormente expuestos, se ve que no resultaría así. Una reducción en la cantidad que los impuestos substraen del producto total, equivaldría simplemenle a un aumento del poder productivo neto. De hecho aumentaría el poder productivo, del mismo modo que lo aumentan la mayor densidad de población y el perfeccionamiento de las artes. Y así como, en este caso, la ventaja va a parar a los propietarios de la tierra, también va a éstos la ventaja en aquel otro.

La situación de quienes viven de su trabajo, no mejoraría en definitiva. Un confuso presentimiento de ello cunde entre las masas. Los que no tienen sino su trabajo, se preocupan poco de la prodigalidad del gobierno y, en muchos casos, están dispuestos a mirarla como una cosa buena, que «da trabajo» o «hace correr el dinero».

Entendedme bien. No digo que la buena administración gubernamental no sea deseable, sino sencillamente que la reducción en los gastos del gobierno no puede actuar directamente extirpando la pobreza y aumentando los salarios, mientras la tierra esté monopolizada.

Si bien esto es cierto, sin embargo, aun por lo que sólo se refiere a la conveniencia de las clases bajas, no se debe escatimar ningún esfuerzo encaminado a reprimir gastos inútiles. Cuanto más complejo y pródigo se vuelve el gobierno, tanto más se convierte en un poder distinto e independiente del pueblo, y tanto más difícil es llevar a una decisión popular las cuestiones de verdadero interés general. Tan grande es el influjo del dinero en la política, tan importantes los intereses personales comprometidos en ella, que el elector promedio, con sus prejuicios, partidismos y conceptos generales, sólo presta poca atención a las cuestiones fundamentales de gobierno. Si no fuese así, no habrían sobrevivido tantos abusos antiguos ni se habrían podido añadir tantos nuevos. Todo lo que tienda a simplificar y abaratar el gobierno, tiende a someterlo a la vigilancia popular y a dar la preferencia a las cuestiones de verdadera importancia. Pero ninguna reducción de los gastos de gobierno puede por sí misma curar o mitigar los males que nacen de una constante tendencia a la desigual distribución de la riqueza.

Mejores Hábitos de Laboriosidad y Ahorro

Hay y ha habido siempre entre las clases más acomodadas una general creencia en que la pobreza y el sufrimiento de las masas son debidos a su falta de laboriosidad, sobriedad e inteligencia. Esta creencia, que atenúa el sentimiento de responsabilidad, a la vez que halaga, sugiriendo una idea de superioridad, es completamente natural para quienes pueden atribuir su mejor situación a la mayor laboriosidad y sobriedad que les ha dado una ventaja inicial, y a la superior inteligencia que les ha permitido aprovechar las buenas ocasiones.

Pero cualquiera que haya entendido bien las leyes de la distribución de la riqueza, que se han averiguado en capítulos anteriores, verá el error de esta opinión. Pues, cuando la tierra adquiere un valor, los salarios, como hemos visto, no dependen de los verdaderos frutos o productos del trabajo, sino de lo que queda al trabajo, una vez descontada la renta; y cuando toda la tierra está monopolizada, la renta ha de bajar los salarios hasta el punto en que las clases menos pagadas apenas puedan vivir. De este modo los salarios se reducen a un mínimo fijado por lo que se llama nivel de vida o sea, la cantidad de artículos de necesidad que, por la costumbre, los trabajadores exigen como lo menos que aceptarán. Siendo así, la laboriosidad, destreza, sobriedad e inteligencia sólo pueden ser provechosos al individuo en tanto que excedan del promedio general, del mismo modo que en una carrera, la velocidad sólo aprovechará al corredor en cuanto exceda la de sus competidores. Si un hombre trabaja con ahínco, destreza o inteligencias mayores que los usuales, prosperará; pero si se eleva el promedio de la laboriosidad, destreza o inteligencia, la mayor intensidad del esfuerzo sólo asegurará el antiguo nivel de salarios, y el que quiera sobrepasarlo tendrá que trabajar aún con más tesón.

Un individuo puede ahorrar dinero de sus salarios, y muchas familias pobres podrían vivir más desahogadamente, si se les enseñara a preparar comidas baratas. Pero si toda la clase obrera se pusiese a vivir de esta manera, los salarios acabarían por bajar en proporción, y el que quisiese salir adelante practicando el ahorro o atenuar la pobreza enseñando a ahorrar, se vería obligado a idear una manera aún más barata de mantener juntos el cuerpo y el alma. Si en las circunstancias actuales, los operarios americanos se redujesen al nivel de vida chino, sus salarios acabarían por bajar hasta el promedio de los salarios chinos; si los trabajadores ingleses se contentasen con la dieta de arroz y la escasa indumentaria de los bengaleses, pronto el trabajo sería tan mal pagado en Inglaterra como en Bengala. De la adopción de las patatas en Irlanda se esperó un mejoramiento de la situación de las clases más pobres, por aumentar la diferencia entre el salario recibido y el costo de la vida. El resultado fue un alza de la renta y un descenso de los salarios y, con la peste de las patata, los estragos del hambre en un pueblo que ya había reducido tanto su nivel de vida, que el paso siguiente fue la muerte.

Y, así, si un individuo trabaja más horas que el promedio, aumentará su salario; pero los salarios de todos no se pueden aumentar de esta manera. En las ocupaciones en que la jornada de trabajo es larga, el salario no es más alto que en las de jornada corta; generalmente ocurre lo contrario; porque cuanto más larga es la jornada, más desamparado está el trabajador, menos tiempo tiene para mirar en torno suyo y desarrollar otras facultades que las que su trabajo requiere; tanto menor resulta su posibilidad para cambiar de ocupación o sacar partido de las circunstancias, Y así, un trabajador, con la ayuda de su mujer y sus hijos, puede aumentar sus ingresos, pero cuando es habitual que la mujer y los hijos complementen el trabajo, el salario ganado por toda la familia no excede, por término medio, al salario del jefe de familia en ocupaciones donde es costumbre que sólo él trabaje.

Mejor Instrucción

Respecto a los efectos de la instrucción, es evidente que la inteligencia, que es o debería ser su finalidad, en tanto que no incite y facilite a las masas descubrir y suprimir la causa de la injusta distribución de la riqueza, sólo puede actuar en los salarios aumentando el poder productivo del trabajo. Da el mismo resultado que una mayor destreza o laboriosidad. Y sólo puede elevar el salario del individuo en cuanto le hace superior a los demás. Cuando leer y escribir eran una habilidad poco frecuente, un escribiente alcanzaba gran estima y alto salario, pero ahora el saber leer y escribir está tan generalizado que ya no reporta ninguna ventaja. Excepto en cuanto produce en los hombres descontento por un estado de cosas que condena a los productores a una vida de fatigas, mientras que quienes no producen se mecen en el lujo, la difusión de los conocimientos no puede tender a subir los salarios en general ni a mejorar de ninguna manera la situación de la clase más baja.

Una mayor laboriosidad y destreza, una mayor prudencia y una más elevada inteligencia van, por regla general, asociadas a una mejor situación material de las clases trabajadoras; pero que esto es un efecto y no la causa, se ve por la relación entre los hechos. Donde quiera que la situación material de las clases trabajadoras ha mejorado, ha seguido el mejoramiento de sus cualidades personales y donde quiera que la situación material ha descendido, aquellas cualidades han decaído.

El hecho es que las cualidades que elevan al hombre sobre los animales, están superpuestas a las que comparte con éstos y que solamente en tanto que se ve libre de las exigencias de su naturaleza animal, pueden desarrollarse sus cualidades intelectuales y morales. Obligad a un hombre a fatigarse por las exigencias de la vida animal y perderá el estímulo para la laboriosidad, progenitora de la destreza, y sólo hará lo que esté obligado a hacer. Ponedle en una situación que no pueda ser mucho peor, con pocas esperanzas de mejorarla mucho por más que haga y este hombre ya no mirará más allá del día presente.

Verdad es que el mejoramiento de la situación material de un pueblo o una clase puede no manifestarse en seguida en el mejoramiento intelectual y moral. El aumento de salarios puede al principio invertirse en holganza y derroche. Pero al cabo aportará un aumento de laboriosidad, destreza, inteligencia y ahorro. Comparaciones entre paises diferentes; entre clases distintas de un mismo país; entre la misma gente en épocas diferentes; y entre las situaciones de unas mismas personas, cuando las ha cambiado la emigración, muestran, como invariable resultado, que las cualidades personales de que estamos hablando aparecen cuando la situación material mejora y desaparecen cuando ésta decae. Para hacer a un pueblo laborioso, prudente, hábil e inteligente, se ha de redimir de la penuria. Si queréis que el esclavo tenga las virtudes del hombre libre, primeramente tenéís que hacerle libre.

Coalición de los Trabajadores

Sin duda, aumentar el salario en algunas industrias o profesiones especiales, que es todo lo que han podido intentar las uniones obreras, es una tarea cuyas dificultades aumentan cada vez más. Pues cuanto mayor es el salario de una clase especial, más fuertes son las tendencias a bajarlo otra vez. Todo lo que las uniones obreras, aun apoyándose entre sí, pueden hacer en cuestión de subir los salarios es relativamente poco, y, además, este poco queda limitado a su propio campo de acción. El único modo de elevar los salarios en una medida importante y con cierta permanencia sería por medio de una coalición general que abarcase todos los trabajadores de las diversas clases, como han deseado las Internacionales. Pero esto se puede dar por imposible en la práctica, pues las dificultades para coaligarse, ya bastante grandes en las profesiones menos difundidas y mejor pagadas, van aumentando a medida que se desciende en la escala de profesiones.

En la lucha de resistencia no se debe olvidar cuáles son las partes beligerantes. No son el trabajo y el capital. Son los trabajadores por un lado y los propietarios de tierra por el otro. Si la contienda fuese entre el trabajo y el capital, las fuerzas estarían mucho más igualadas. Porque la capacidad de resistencia del capital es solamente un poco mayor que la del trabajo. El capital, cuando no se utiliza, no sólo deja de ganar, sino que se disipa, pues en casi todas sus formas, sólo se conserva por medio de su continua reproducción. En cambio, la tierra no se muere de hambre como los trabajadores, ni se disipa como el capital y sus propietarios pueden aguardar. Pueden sentirse incómodos, es verdad, pero lo que para ellos es molestia, para el capital es destrucción y para el trabajo es morirse de hambre.

Además de estas dificultades prácticas en el plan de subir los salarios a fuerza de aguante, estos procedimientos tienen desventajas propias que los obreros no deberían desdeñar. Una huelga, que es el único recurso de la unión obrera para dar fuerza a sus peticiones, es una contienda destructiva, como la contienda a que, en los primeros tiempos de San Francisco, un extravagante apodado «el rey del dinero», desafió a un provocador: irse alternando en echar a la bahía monedas de veinte dólares hasta que uno de ellos se rindiese. La lucha de resistencia, que una huelga implica, es realmente aquello con que a menudo se la compara, una guerra, y como toda guerra, disminuye la riqueza. Y la organización que requiere, como la organización para la guerra, ha de ser tiránica. Si incluso el hombre que va a luchar por la libertad, al entrar en el ejército, ha de renunciar a su libertad personal y convertirse en una simple parte de una gran máquina, lo mismo ha de ocurrir a los trabajadores que se organizan para una huelga. Por consiguiente, estas coaliciones forzosamente han de destruir las mismas cosas que con ellas los trabajadores quieren obtener: riqueza y libertad.

Cooperación

Hay dos clases de cooperación: de suministro o «consumo» y de producción. La cooperación de suministro, por mucho que llegue a evitar los intermediarios solamente reduce el coste de los cambios. Es sencillamente un medio de ahorrar trabajo y eliminar riesgo, y su resultado solamente puede ser el mismo de los perfeccionamientos e inventos que en la época moderna tan maravillosamente han abaratado y facilitado los cambios, a saber, aumentar la renta. Y la cooperación en la producción es simplemente substituir los salarios fijos por salarios proporcionales, substitución de la cual hay ejemplos en casi todas las ocupaciones. O si se deja a los trabajadores la administración y los capitalistas obtienen solamente su proporción del producto neto, es el sistema que en gran extensión se practica en la agricultura europea desde los tiempos del imperio romano, el sistema de colonos o aparcería.

Cuanto se pretende de la cooperación en la producción es que hace a los trabajadores más activos y habilidosos, en otras palabras, que aumente la eficacia del trabajo. De este modo, sus efectos son semejantes a los de la máquina de vapor, la carda de algodón, la máquina segadora, en suma, todas las cosas que constituyen el progreso material y sólo puede producir el mismo resultado, el aumento de la renta.

Suponed que la cooperación, sea de consumo, sea de producción, se extiende de tal modo que suplanta los procedimientos actuales; que los talleres, fábricas, granjas y minas cooperativos suprimen el patrono capitalista que paga salarios fijos, y que aumentan grandemente la eficacia de la producción. ¿Qué ocurriría? Pues, sencillamente, resultaría posible producir la misma cantidad de riqueza con menos trabajo, y por consiguiente, los que poseyesen la tierra, fuente de toda riqueza, podrían exigir una cantidad mayor de riqueza por el uso de su tierra.

Los métodos y maquinarias perfeccionados tienen el mismo efecto a que la cooperación aspira; reducen el costo de llevar las mercancías al consumidor y aumentan la eficacia del trabajo. En estos aspectos estriba la ventaja de los paises viejos sobre los paises nuevos. Pero, como la experiencia demuestra, la ventaja de los perfeccionamientos en los métodos y maquinarias de la producción y del cambio, van a parar solamente a la renta.

Pero, supongamos la cooperación entre productores y propietarios de tierra. Esto sencillamente equivaldría al pago de la renta en especies, el mismo sistema por el cual se arrienda mucha tierra en California y los Estados del Sur, donde el propietario obtiene una parte de la cosecha. Excepto en cuanto a la valoración, en nada difiere del sistema de renta fijada en dinero, que prevalece en Inglaterra. Llamadle cooperación si queréis, pero también así, el contrato de la cooperación será fijado por la ley de la renta y donde quiera que la tierra esté monopolizada, el aumento del poder productivo sencillamente dará a los propietarios el poder para exigir una parte mayor.

El que muchos crean que la cooperación soluciona la cuestión del trabajo, viene del hecho que donde se ha ensayado, en muchos casos ha mejorado perceptiblemente la situación de los que cooperan. Pero esto se debe sencillamente al hecho de tratarse de casos aislados. Así como la laboriosidad, el ahorro o la destreza pueden mejorar la situación de los trabajadores que los poseen en grado superior, pero dejan de dar este resultado cuando dichas cualidades se generalizan, también una facilidad especial en la obtención de mercancías o una especial eficacia dada a algún trabajo, pueden proporcionar ventajas, que se perderán cuando estos perfeccionamientos se generalicen bastante para afectar a las relaciones generales de la distribución.

La cooperación no puede producir ningún resultado general que no pueda ser producido por la competencia. No es por culpa de la competencia que el aumento del poder productivo no llega a aumentar la recompensa del trabajo; es porque la competencia es unilateral. La tierra está monopolizada, y la competencia de los productores por usarla, baja los salarios hasta el mínimo y da a los propietarios de tierra, en forma de rentas más altas y valores de la tierra aumentados, todas las ventajas del aumento de productividad. Destruid este monopolio, y la competencia sólo podrá existir para cumplir la finalidad que la cooperación se propone, dar a cada uno lo que honrradamente se gana. Destruid este monopolio y la producción quedará convertida en una cooperación entre iguales.

Dirección e Intervención Gubernamental

No es posible examinar aquí en detalle los métodos propuestos para mitigar o suprimir la pobreza regulando la producción y acúmulo y que en su forma más completa se denominan socialismo. Ni es necesario, porque los mismos defectos aquejan a todos ellos. Consisten éstos en substituir la libertad de acción individual por la dirección gubernamental, y el intento de obtener por la restricción lo que mejor se obtendría con la libertad. Es evidente que cuanto huele a reglamentación y restricción es malo en sí, y no debe recurrirse a ello mientras haya otra manera de llegar al mismo fin.

Elijamos como ejemplo una de las más sencillas y suaves medidas de esta clase a que me refiero, un impuesto progresivo sobre los ingresos. El objeto a que aspira, el reducir o evitar inmensas concentraciones de riqueza, es bueno; pero el procedimiento implica el empleo de un gran número de funcionarios revestidos de poderes inquisitoriales. Las tentaciones de soborno y perjurio y de todos los demás medios de evasión desmoralizan la opinión, premian, subvencionan la falta de escrúpulos y ponen un tributo sobre la rectitud de consciencia. Y por último, en la misma medida en que el impuesto logra su objeto, mengua el estímulo para acumular riqueza, que es una de las grandes fuerzas del progreso de la producción.

Si se pudiera realizar los complicados planes de reglamentarlo todo y encontrar un sitio para cada uno, tendríamos, en vez de una inteligente adjudicación de deberes y pagas, una distribución romana de trigo siciliano y pronto el demagogo se trocaría en emperador.

El ideal del socialismo es grande y noble; y estoy convencido de que es posible realizarlo; pero este estado social no puede ser fabricado, ha de desarrollarse. La sociedad es un organismo, no una máquina. Solamente puede vivir por la vida individual de sus partes. Y en el desarrollo libre y natural de todos sus elementos se obtendrá la armonía del conjunto. Todo lo que es necesario para la regeneración social está incluido en el lema de los patriotas de los rusos, a veces llamados nihilistas*: «¡Tierra y Libertad!».

Distribución más General de Tierras

Está cundiendo rápidamente la idea de que la forma de posesión del suelo está de algún modo unida al malestar social, pero hasta ahora, la mayor parte de las veces esta idea se muestra en proposiciones encaminadas a una mayor división de la propiedad territorial. Si las grandes extensiones de tierra se pueden cultivar más económicamente que las pequeñas parcelas, limitar la propiedad a pequeñas extensiones será reducir la producción total de riqueza.

Pero esta objeción no es la única. Hay otra que es decisiva y es que la reducción no asegurará el único fin digno de pretenderse, una justa distribución del producto. No reducirá la renta y por lo tonto no puede aumentar los salarios. Puede hacer más numerosa la clase acomodada, pero no mejorará la situación de las clases inferiores.

Si lo que en el Ulster se llama derecho del arrendatario, se extendiese a toda la Gran Bretaña, se convertiría al colono en propietario de una parte de la tierra del dueño. La situación del jornalero no mejoraría ni pizca. Si a los propietarios se les prohibiese aumentar la renta que cobran de sus arrendatarios y despedir a éstos mientras paguen la renta fijada, el conjunto de los productores no ganaría nada. La renta económica continuaría creciendo y disminuyendo la proporción del producto que va al trabajo y al capital. La única diferencia sería que los arrendatarios del primer propietario, convertidos a su vez en propietarios, se beneficiarían del aumento.

Si restringiendo la extensión de tierra que cualquier individuo pueda poseer, regulando los legados y sucesiones o con impuestos progresivos, los pocos miles de propietarios de la Gran Bretaña se aumentasen en dos o tres millones, estos dos o tres millones resultarían beneficiados. Pero el resto de la población no ganaría nada. No participaría más que antes en las ventajas de la propiedad. Y si se distribuyeran justamente todas las tierras entre toda la población, dando igual participación a cada uno, lo cual es evidentemente imposible, y, para impedir la tendencia a la concentración, se dictaran leyes prohibiendo poseer más tierra que la extensión fijada, ¿qué sería del aumento de la población?

Así, pues, la subdivisión de la tierra no puede curar los males del monopolio de la tierra. No sólo no puede elevar los salarios ni mejorar la situación de las clases más bajas, sino que su tendencia es evitar la adopción y aun la defensa de medida más efectiva, y reforzar el sistema actual, al interesar más gente en mantenerlo.

CAPITULO 16

EL ENIGMA RESUELTO — LA PRIMERA GRAN REFORMA

Para suprimir un mal hay un solo medio, que es suprimir su causa. Para extirpar la pobreza, para convertir los salarios en lo que la justicia ordena que sean, la plena ganancia del trabajador, hemos de substituir la propiedad individual de la tierra por la propiedad común de la misma. Ningún otro medio llegará hasta la causa del mal, en ningún otro medio radica la más leve esperanza.

Pero esta es una verdad que, en el estado actual de la sociedad ha de despertar el más rudo antagonismo y que tendrá que luchar para abrirse paso palmo a palmo. Por esto será necesario salir al encuentro de las objeciones de quienes, aun viéndose obligados a admitir esta verdad, declararán que no puede ser aplicada a la práctica.

Al hacerlo así, someteremos nuestro anterior razonamiento a una nueva prueba definitiva. Del mismo modo que probamos la suma con la resta y la multiplicación con la división, al probar la suficiencia del remedio, podremos probar la corrección de nuestras conclusiones respecto a la causa del mal.

Las leyes del universo son armónicas. Y si el remedio a que hemos venido a parar es el verdadero, ha de estar conforme con la justicia; ha de ser posible aplicarlo en la práctica; ha de estar de acuerdo con las tendencias del desenvolvimiento social y ha de armonizar con otras reformas.

Me propongo demostrar que esta sencilla medida no solamente es fácil de aplicar, sino que es un remedio suficiente para todos los males que, a medida que el moderno progreso avanza, nacen de la creciente desigualdad en la distribución de la riqueza; que substituirá la desigualdad por la igualdad, la penuria por la abundancia, la injusticia por la justicia, la debilidad social por el vigor social y que abrirá camino a mayores y más nobles adelantos de la civilización.

Pero queda una cuestión de método. ¿Cómo hemos de hacerlo?

Satisfaríamos la ley de la justicia, cumpliríamos todos los requisitos económicos, aboliendo de golpe todos los derechos de propiedad particular de tierra; declarando ésta de propiedad pública y arrendándola, en lotes al mejor postor, en condiciones que respetasen como sagrado el derecho de propiedad particular de las mejoras.

De esta manera aseguraríamos en una sociedad más compleja la misma igualdad de derechos que en una sociedad más tosca se aseguraba por repartos iguales del suelo y, al otorgar el uso del suelo a quienquiera le sacase el máximo producto, aseguraríamos la máxima producción.

Pero semejante plan, aunque completamente factible, no me parece el mejor.

Hacer esto implicaría molestar sin necesidad las actuales costumbres y maneras de pensar, lo cual debe evitarse. Hacer esto implicaría aumentar sin necesidad la maquinaria gubernamental, lo cual debe evitarse.

Es un axioma político, comprendido y aplicado por los fundadores afortunados de las tiranías, que los grandes cambios se pueden realizar mejor bajo las antiguas formas. Nosotros, que queremos libertar al hombre, hemos de fijarnos en esta verdad. Es el método natural. Cuando la naturaleza va a formar un tipo superior, toma otro inferior y lo desarrolla. Esta es también la ley del desarrollo social. Trabajemos conforme a la misma. Con la corriente nos deslizaremos aprisa y lejos. Contra ella hay que remar mucho y se avanza poco.

No propongo comprar ni confiscar la propiedad privada de la tierra. Lo primero sería injusto; lo segundo, innecesario. Dejad a los individuos que ahora la ocupan, conservar todavía, si gustan, la posesión de lo que les place llamar su tierra. Dejadles que sigan llamándola suya. Dejadles comprarla y venderla, donarla y legarla. No es necesario confiscar la tierra; hasta confiscarla renta.

Para tomar la renta para usos públicos, tampoco es necesario que el Estado cargue con la tarea de arrendar las tierras. No es necesario crear nuevos organismos oficiales. El organismo oficial ya existe. En vez de aumentarlo, todo lo que hemos de hacer es simplificarlo y reducirlo. Utilizando la organización actual, podemos, sin molestias ni trastornos, asegurar el derecho común a la tierra, tomando la renta para usos públicos.

Ya se cobra en impuestos algo de la renta. Para recaudarla toda bastaría hacer algunos cambios en nuestro sistema tributario.

Por esto lo que yo propongo es apropiarse la renta de la tierra por medio del impuesto.

En su forma, la posesión de la tierra quedaría tal como está ahora. No se necesita desposeer a ningún propietario ni restringir la cantidad de tierra que cualquiera puede tener. Porque, recaudando el Estado la renta en impuestos, la tierra, esté a nombre de quienquiera y parcelada como quiera, será realmente propiedad común y todos los individuos de la sociedad participarán de las ventajas de su propiedad.

Pues bien, como el impuesto sobre la renta o valor de la tierra ha de aumentarse necesariamente, así que suprimamos los demás impuestos, podemos dar al método una forma práctica proponiendo abolir todos los impuestos excepto el impuesto sobre el valor de la tierra.

Como hemos visto, el valor de la tierra en los comiensos de la sociedad es nulo, pero, a medida que ésta se desarrolla con el aumento de población y el avance de las artes, va aumentando cada vez más. Por esto no basta poner solamente todos los impuestos sobre el valor de la tierra. Donde la renta exceda a los actuales ingresos gubernamentales, será necesario aumentar, como corresponda, la cantidad exigida en impuestos y continuar este aumento a medida que la sociedad progrese y la renta suba. Pero esto es una cosa tan natural y fácil que puede considerarse imiplícita o por lo menos sobreentendida en la proposición de poner todos los impuestos sobre el valor de la tierra.

Dondequiera que la idea de concentrar todos los impuestos sobre el valor de la tierra halla atención suficiente para inducir a considerarla, invariablemente se abre paso. Pero, en las clases más beneficiadas por esa idea, son pocos los que, por lo menos al principio, o aún mucho tiempo después, ven toda su importancia y fuerza. Les es dificil a los obreros superar la creencia de que hay un verdadero antagonismo entre el capital y el trabajo. Les es difícil a los pequeños labradores y dueños de vivienda propia superar la creencia de que poner todos los impuestos sobre el valor de la tierra sería gravarles indebidamente. Les es difícil a ambas clases suparar la creencia de que eximir de impuestos al capital sería hacer más rico al rico y más pobre al pobre. Estas creencias provienen de confusión en el pensamiento. Pero detrás de la ignorancia y el prejuicio hay unas conveniencias poderosas que hasta ahora han dominado la literatura, la enseñanza y la opinión. Una gran injusticia siempre tiene la muerte dificil y la gran injusticia que en todos los paises civilizados condena las multitudes a la pobreza y la penuria no morirá sin un rudo forcejeo.


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